Mano invisible y fetiche

Posted on febrero 8, 2017

0



La sociedad es una red inconmensurable de infinitas relaciones sociales de múltiples  modos. Ahondar en ello es penetrar en una tupida selva de detalles, matices, posibilidades. Duro. Existe el riesgo de desorientación y de extravío o de cansancio en esas expediciones atrevidas del pensamiento que flota a la deriva, cuando no se quiere argumentar una simpleza sino descubrir alguito de verdad. Cuando traemos teorías de esas expediciones de la reflexión sobre ese insondable mar a la comunicación, lo damos con humildad, sabiendo que se trata de un palo de ciego. Por esa consideración más pienso que no debemos romper el silencio con la palabra vanidosa o manchar los árboles con tinta sin sentido.

La sociedad es un caldo de cultivo de instituciones sociales. Las relaciones sociales producen mas monstruos que el sueño de la razón.

Esta reflexión surgió leyendo este fragmento de los Grundisse (página 131), de Marx:

La circulación es el movimiento en el que la enajenación general se presenta como apropiación general y la apropiación general como enajenación general. Aunque ahora el conjunto de este movimiento se presente como proceso social y aunque los distintos momentos de este movimiento provienen de la voluntad consciente y de los fines particulares de los individuos, sin embargo, la totalidad del proceso se presenta como un nexo objetivo que nace naturalmente, que es ciertamente el resultado de las interacciones recíprocas de los individuos conscientes, pero no está presente en su conciencia, ni, como totalidad, es subsumido en ella. Su misma colisión recíproca produce un poder social ajeno situado por encima de ellos, su acción es recíproca como un proceso y una fuerza independiente de ellos Adam Smith, La riqueza de las naciones.

Este “nexo objetivo” o este “poder ajeno situado por encima de los individuos conscientes” me recordó a la “mano invisible” de Adam Smith:

En la medida en que todo individuo procura en lo posible invertir su capital en la actividad nacional y orientar esa actividad para que su producción alcance el máximo valor, todo individuo necesariamente trabaja para hacer que el ingreso anual de la sociedad sea el máximo posible. Es verdad que por regla general él ni intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo. Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él sólo persigue su propia seguridad; y al orientar esa actividad de manera de producir un valor máximo él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo.

Coindicen ambos en que abajo, el hervidero, se suscitan fuerzas trascendentes. Este hallazgo doble es interesante en una época en la que sólo nos fijamos en lo instituído y no en las fuerzas instituyentes. Como le decía el zorro al principito, lo esencial es invisible a los ojos.

El optimista inglés se apresuró a concluir que ese nexo, esa mano, ese poder social ajeno son beneficiosos para el interés general. El analítico alemán descubre a su vez que ese poder social trascendente más que una sana providencia de la sociedad y para la sociedad, en la sociedad del valor, la mercancía, el dinero y el capital se convierte en una fatalidad, a partir del estudio de las leyes sociales que regulan el devenir de este tipo de sociedad, una vez se impone sobre otras formas de organización social.

La mano que mece la sociedad se convierte en la mano que con hilos invisibles ordena la vida de los títeres. Ese fetiche es despertado por la evolución de las relaciones sociales y se adueña de la vida de las personas y las sociedades, las manipula a partir de su enseñoramiento con rigor y autoridad, aplicando unas leyes parecida a las de los fluídos.

Los individuos conscientes incluso los que haciendo alarde de la proclamada libertad como clientes no somos más que piezas de la gran máquina. Eso sí. Algunas piezas cumplimos nuestro designio en la totalidad de la máquina como piezas mejor engrasadas que otras.

La conservación y reproducción constantes de la clase obrera siguen siendo una condición constante para la reproducción del capital. El capitalista puede abandonar confiadamente el desempeño de esa tarea a los instintos de conservación y reproducción de los obreros (Marx, El Capital).

Anuncios
Posted in: Uncategorized