Inutilidad

Posted on marzo 22, 2016

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El ser premoderno, transmoderno, postmoderno tampoco es mucho más capaz. Pero las capacidades artesanas o campesinas tenían una mayor orientación hacia la necesidad o hacia la utilidad, a pesar de que la mercancía se abría paso ya en esas sociedades.

En la sociedad en la que el capital ha sido el escultor, no sólo la producción define la capacidad. El proletario obrero se reduce en su parcialidad o en su servicio a la máquina y el proletario desempleado es apartado del proceso productivo y del aprendizaje de cualquier oficio. El proceso productivo los separa de los saberes con los que la humanidad supo apañarse sin la inventiva del capital, pero otras esferas también conducen a la muerte de las capacidades autónomas del capital.

En la generación de mis padres era común el ocio productivo. Escapaban a la tiranía del reloj y de la jornada y voluntariamente se introducían en una producción campesina, carpintera, herrera, … con unas pocas herramientas anticuadas en comparación con las herramientas o las máquinas-herramientas del capital y dominadores globales del proceso productivo. Una reserva de aquellos saberes.

Las mujeres de aquella generación seguramente sufrían mil formas de patriarcado (como explica Silvia Federici en el capitalismo no sólo se generaliza el trabajo asalariado, sino que ese trabajo asalariado es estimado por encima de las actividades no asalariadas, como los cuidados tradicionalmente asignados a la mujer). Pero en muchos casos se libraron de la obligación de trabajar por una salario adicional en la familia, ya fuese para pagar los gastos de techo, pan y vestido o ya fuese para engancharse al modo de vida de consumo y poder viajar a países exóticos una vez al año.

Los cuidados se han estatalizado o mercantilizado en las últimas décadas, con empleo doméstico, guarderías, escuelas, ludotecas, centros para dependientes o centros para mayores, restaurantes, … El modelo anhelado socialmente es el escandinavo, en el que este proceso ha avanzado al máximo.

Pero cuando no se externalizan esos cuidados igualmente están contaminados por el capital o el estado. Los pediatras dirigen la crianza del niño y ya no hay viejo sin botiquín con decenas de medicamentos; ya las nuevas madres le preguntan poco a las abuelas y ya no hay remedios que no se vendan en la farmacia.

Los viejas actividades de tejer, coser, cocinar, … para las nuevas generaciones son tediosas o, en el mejor caso, como ocurre con las otras habilidades de trabajar la tierra, la piedra, la madera o el metal, se convierten en hobbies (en los últimos años han aparecido pequeñas iniciativas de enseñanza de cocina, ganchillo, costura o con nombres más chic como crochet o patchwork, …).

Si la escuela venía a rellenar un vacío, sobre todo de disciplina, los medios de comunicación y los videojuegos también nos evitan ese horror. Las nuevas generaciones somos grandes conocedoras de personajes de series o cine o muy habilidosas con los dedos y el joystick. Mientras padres y madres compran, limpian, se afanan, cocinan después de traer los salarios a casa, treintañeros esperamos a que nos llamen a comer mientras matamos marcianos o ganamos carreras de coche a un Fernando Alonso virtual.

Es posible que el capitalismo nunca pueda superar el monumento que le ha erigido a la inutilidad con la creación de la generación nini, compañera de la. En la sociedad del trabajo, son supérfluos, inncecesarios para el proceso de revalorización. En la sociedad del conocimiento, repudian la multiplicidad de maneras de falsa formación a las que les invitan, porque vienen del fracaso escolar debido a que entendieron mejor que nadie la falta de sentido de la educación escolar. En la sociedad en la que Zapatero ha conseguido erradicar el patriarcado con sus leyes, no se sienten obligados a participar en los cuidados propios y de sus familiares. En la sociedad del consumo, ven como sus necesidades básicas se colman, pero sufren porque saben que la sociedad nunca cumplirá las promesas más brillantes. La rehabilitación de La naranja mecánica no conseguiría ilusionarlos.

Descreídos, miran a la vida a través de una pantalla, interactúan con seres inexistentes en ellas o ven transcurrir las horas en la plaza del barrio. No creen en esta sociedad que se ha olvidado de ellos, pero tampoco creen en la posibilidad de otras sociedades. No son los creadores de unas nuevas relaciones sociales negadoras de la mercancía, el capital y el estado, como esperaba Gorz. O eso parece, porque, si lo hicieran, es probable que no lo supiéramos ver. El capitalismo no fue la creación de unos pocos y ruines capitalistas, sino la emanación de unas relaciones sociales organizadas de forma creciente alrededor de la mercancía; su retroceso no se hará por derribo de una de sus creaciones (el proletariado, el partido comunista o Podemos) sino con reemplazo de su base, que nadie sabe cómo de haría.

De tiempo en tiempo los oprimidos lograran arrojar a un equipo de opresores y reemplazarlo por otro y a veces llegan a cambiar la forma de opresión; pero en cuanto a suprimir la opresión misma para conseguirlos habría que suprimir sus fuentes, abolir todos los monopolios, los secretos mágicos o técnicos que dan el poder sobre la naturaleza, los armamentos, el dinero, la coordinación de trabajos. Aun cuando los oprimidos fueran lo bastante conscientes para resolverse a hacerlo, no podrían triunfar. Sería condenarse a ser pronto presa de otros grupos sociales que no han realizada la misma transformación; y aun cuando ese peligro se descartara por milagro, sería condenarse a muerte, pues cuando se han olvidado los procedimientos primitivos de producción y se ha transformado el medio natural al que correspondían, no se puede retomar el contacto inmediato con la naturaleza (“Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social” de Simone Weil, II).

 

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