Capital, inutilidad, escuela

Posted on marzo 18, 2016

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Las sociedades premodernas eran dueñas (lo son donde las relaciones de capital no han triunfado) de los saberes que les permitían su reproducción. Las múltiples sociedades repartidas por el ancho mundo conocían su lugar para obtener de él alimento, vestido, techo, remedios, … Esas sociedades integraban a todas las personas para la consecución colectiva del objetivo de supervivencia, que tiene más fuerza que el instinto de suicidio. Las nuevas generaciones debían aportar su grano de arena en esa sociedad, al mismo tiempo que aprendían lo que tenían que entregar a las generaciones posteriores.

Incluso en las sociedades en las que la división social del trabajo creaba artesanados en creciente diversidad, había un nexo entre las diferentes ocupaciones, las fuerzas centrífugas estaban limitadas. Los conocimientos y las destrezas necesarias para la reproducción social, distribuídos en esa sociedad de la mercancía, pertenecían aún a las personas integrantes de comunidades en progresiva apertura.

Pero la génesis y la extensión de la relación social del capital y su necesidad de modos de producción en constante revolución creó en la sociedad de la producción manufactura de la mercancía una separación entre la sociedad y los saberes precisos para la producción de los medios de subsistencia, los mismos medios de producción y los medios para otras satisfacciones. Marx explica muy bien como el obrero parcial se convierte en un accesorio de la organización del trabajo dirigido por el capital y como está lejos del campesino o del artesano que todavía no habían sido atrapados por la relación social de salario por el capital manufacturero y separados de la posesión de conocimientos, inteligencia y voluntad.

El proceso de proletarización camina parejo con un proceso de descaecimiento, al ritmo de los tambores del proceso de prodigación del capital. La transformación del capital manufacturero en capital maquinizado aumenta la absorción de conomientos por el capital y empobrece (de saberes en lo que se refiere a esta frase) todavía más al obrero, que no sólo es parcial sino que está al servicio de la máquina o está excluído del proceso productivo.

El proceso dirigido por esos capitales independientes y en competición produce y se apropia de un nuevo conocimiento, repudiando los saberes previos. No ocurre tanto una expropiación de los viejos saberes tradicionales o transmitidos, sino esa apropiación de nuevos conocimientos, de la Ciencia subvencionada por el capital y subsumida por el capital. Los viejos saberes se quedaron (casi) sin portadores al mismo tiempo que el nuevo conocimiento se acumula en universidades y centros de investigación, en multiplicación. En la expansión del capital se abandonan tierras, mueren saberes y el capital prescinde de personas; crea maquinas, nace una nueva forma de saber.

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Marx explica como la escuela es una ocurrencia de los reformadores liberales para evitar el embrutecimiento social que el nuevo modo de producción revolucionado impone. Pero también explica cómo nace la escuela como límite al capital en su uso ilimitado del trabajo de los niños. Ya sea establecida por la caridad del lado compasivo del capital, ya sea como “conquista” de los trabajadores, a la escuela se le encomienda la misión de tapar un agujero abierto por el capital.

También sabemos que el proceso de producción en la forma revolucionada por la revalorización exige conocimientos técnicos. Se precisa la constitución de un cuerpo de obreros cualificados. La escuela puede funcionar como sistema de reclutamiento de personas aptas. La escuela superior forma esos perfiles profesionales.

Tan sugerente como la idea de Marx es la idea Anne Querrien, que rescata el legado de Foucault. La sociedad del capital no sólo embrutece la sociedad asalariada dentro del taller o de la fábrica, sino que se desprende de gran parte de la sociedad. Muchas mujeres tenían que acudir a sus puestos como los hombres lo hacían tradicionalmente. Muchos chiquillos quedaban al descuido. A la escuela también se le atribuye esa función de disciplinamiento de la infancia, ya fuera para que se adaptara con la jornada escolar a la jornada laboral o para evitar su estancia en una calle sin control.

En los tiempos que corren en el centro periférico del sistema, con una gran expulsión del proceso de producción-revalorización y condenando al desempleo a muchas personas que sólo tienen su fuerza de trabajo como mercancía para vender, vemos como la edad obligatoria de escolarización se prolonga y se hace accesible y asequible la educación secundaria, la educación superior. Más incluso, cuando en un país como España la tasa de desempleo alcanza casi un tercio de la población activa, los servicios públicos de empleo lanzan una superoferta de “cursos del paro” y las academias suspiran alumnos para su formación ocupacional o los coaccionan para cubrir el mínimo que asegura la subvención, envuelta en casos de corrupción por todos lados.

La bienpensante socialdemocracia, en cambio, ha visto en la escuela un medio de igualación porque da la oportunidad de promoción a quienes nacieron con poca fortuna. Tan linda ella, pretendía educar para la ciudadanía desde allí.

Las formas que crea el capital trascienden los territorios en los que domina. En la Historia hemos visto como el modelo de escuela se adoptaba en la sociedad libertaria que vivía en la economía moral o incluso en sociedades indígenas en las que no ha penetrado la constelación de relaciones sociales del capital con mucha intensidad.

En películas como Lejos de los hombres, Ni uno menos, La pizarra vemos como la escuela alcanza escenarios diferentes a los de otras películas más occidentales como La Lengua de las mariposas, Los chicos del coro, El club de los poetas muertos, Mentes peligrosas, Hoy empieza todo, La clase, La ola, Rebelión en las aulas, …

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Pero volvamos a la inutilidad con unas últimas reflexiones, postergadas.

 

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