Optimismo en el abismo

Posted on marzo 4, 2015

1



Las sociedades han vivido históricamente en precariedad, haciendo equilibrios sobre un frágil hilo, con épocas de bonanzas templada o eufórica, con etapas de penuria y de resignación, …

Desde hace milenios las sociedades se han jerarquizado y una parte de las pequeñas comunidades, en las grandes comunidades nacionales o en la gigante comunidad global se ha separado de los vaivenes de la Fortuna, escapando a lo peor de los tiempos de escasez. Por el otro lado, otras capas sociales de estas comunidades son condenadas a la privación incluso en años de vacas gordas.

El imperio del capitalismo en las relaciones sociales durante los últimos siglos no ha eliminado la carestía y mucho menos la división social. Las ha alojado en unos márgenes social o territorialmente lejanos, fuera del alcance de la vista de quienes habitan en la abundancia del centro. Los mecanismos de despojo, de explotación, de excreción crean una sociedad global con muchos grupos humanos y personas-aisladas sumidos en una forma de pobreza moderna.

Durante el imperio de estas relaciones sociales del capitalismo se ha engendrado una organización social que no sólo condena al hambre o a la malnutrición crónicos o a la exclusión de otros bienes y servicios que el desarrollo considera básicos a miles de millones de seres humanos. Esta organización social ha sido capaz de multiplicar la especie humana como si fuese una plaga, al mismo tiempo que ha invertido una ley de la vida en la que la diversidad era creciente. Ha contaminado tierra, mar y aire. Ha consumido energías durmientes y minerales para los que ha tenido que remover tierra e infierno.

Es una forma de relación social insostenible en el tiempo, autodestructiva y destructora de lo que se pone por delante, pero no ha acabado, como se piensa en los espacios de exceso y confort, con la carencia. En ese universo del derroche que se construye sobre el despojo, la explotación, la exclusión no hay conciencia generalizada de la desigualdad mundial o de la condena vitalicia a la mala vida. Tampoco hay percepción de la amenaza que la contaminación o la falta de recursos dirige hacia nuestras plácidas vidas, asentadas sobre la sangre y el dolor de vidas robadas. Mucho menos tenemos un plan para salir de una forma de organización social que tiene vida propia, que a todos arrastra.

En este paraíso de inconsciencia no se mira al futuro de diez generaciones sino a la vuelta de la esquina.

Pensar lo expresado hasta esta línea es propio de ilusos, extremos, radicalismos, utópicos, románticos que se piensan que la vida rural es una arcadia. España no va bien, pero la expresión de una conciencia de las zonas negras del desarrollo o de la amenaza que se dirige sobre los privilegiados es una exageración de sectas extraviadas. La forma de organización social en la que vivimos tan bien los pocos burgueses y algún millar de millones de asalariados (o semejantes) no es tan mala y el paro de unos pocos familiares es lo único que estimula a intuir que algunos efectos secundarios y no deseados tiene. Pero eso se corrige consumiendo, cobrando unos pocos más impuestos a los ricos, con mejor sanidad y mejor educación, acabando con la corrupción, gobernando con ciudadanos honestos en las instituciones y no con políticos profesionales, …

El optimismo mantiene el orden social. Por eso, cuando colma una decepción, el optimismo profundamente incrustado en la sociedad dominante se renueva con Podemos o con Ciudadanos, con la ilusión partido.

Pero el optimismo (“está mal la cosa, pero tampoco tanto; no exageres”) está arraigado mucho más abajo. Poco se habla de esa gran amenaza para la vertebración social que es el fin del petróleo barato (que no se acabará de un día para otro, pero sí de un siglo para otro). Para las personas que escuchan el rumor no cabe duda de que la técnica nos salvará. La insostenibilidad de esta forma de organización social en la que unos pueblos y unas generaciones parasitamos a otros y otras, y al planeta anfitrión con todos sus huéspedes, no es un defecto sistémico, sino de una de la versión fosilista adoptada durante unos pocos siglos. La técnica vendrá a redimirnos de ese pecado carbonífero, petrolífero o uránico con sus energías renovables.

Pero la técnica es otro de los engaños de la modernidad, llena de promesas. La técnica, superados unos límites, es una fuerza más destructiva que productiva. La forma de organización social actual ha superado esos límites y no hay técnica inocua que soporte esta forma de vida. Como explican Illich, Ellul, Munmford, la técnica se ha desarrollado de forma que no sirve para una mejor conviencialidad, sino para avanzar en una carrera hacia el abismo por el que históricamente se han precipitado millones de almas.

Anuncios
Posted in: Uncategorized