La Historia como juego de grandes e invisibles fuerzas

Posted on febrero 10, 2015

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Una de las posibles lecturas que se hacen de El Capital encuentra en esa compleja y densa creación intelectual descubrimientos que, en cambio, otras interpretaciones de la obra de Marx pasan por alto. Varias personas y grupos de reflexión versados en esa obra han admirado el descubrimiento dentro del proceso de producción de unas leyes que rigen para la sociedad, sometida cada vez más a las relaciones de capital.
El autor de la obra dejó escritas muchas de esas leyes. Parece que se van validando: por un lado, la tecnologización de la producción, la conquista de todo territorio y esfera, la acumulación y la concentración; por el otro lado, la desposesión y la proletarización, la explotación, la superfluidad.
En el esfuerzo colectivo por desentrañar el mundo en el que la posición del capital (como conjunto de relaciones) es central ha descubierto otras tendencias, como el derroche de los recursos, la contaminación de todo, la dominación de unos pueblos sobre otros, el uso de la guerra para sostener esa dominación, la pérdida de conocimientos ancestrales que permitieron la supervivencia y la convivencia natural con otras especies a muchas generaciones , …
Mientras todos esos procesos están en marcha, condenan a una vida de miseria sin misericordia a grandes partes de la humanidad y amenaza al resto. Pero hete aquí que todo esto y mucho más ocurre en la inconciencia generalizada, de condenados y de amenasados. Esta inconciencia o fetichismo se rellena de espectáculo, que es una forma acertada de llamar a la falsa conciencia en la que vivimos.
En el transcurso del proceso histórico en el que se han desenvuelto estas relaciones, la producción concentrada se ha multiplicado con el uso de los inventos que extraen capacidad productiva de recursos energéticos multimilenarios. Bien es cierto que en el reverso, miles de millones de personas han sido despojadas de sus hábitats, porque allí se encuentran los recursos necesarios, y obligadas a deambular por el hambre, la sed, el frío, el calor, la enfermedad, separadas de todo aquello que fue remedio; una no-vida que los occidentales no vemos desde la pantalla del televisor como un más que posible aviso sino como un castigo divino por no se sabe qué blasfemia; por eso mandamos con generosidad la ayuda insignificante que no sirve de nada más que para tranquilizar nuestras conciencias, que oficialmente es denominada ayuda para el desarrollo.
La producción concentrada y aumentada, por el encaje de muchas razones históricas que adivinamos o que se nos escapan, permitió temporalmente a una parte de los trabajadores una vida muy parecida a la de los patronos, del occidente sin remordimientos.
Pero la combinación de causas históricas que posibilitaron esta piedad y este bienestar se agota. En el porvenir se anuncian nuevas eras aunque se haya asentado una sensación de abundancia eterna entre los beneficiarios de la abundancia. Si el azar de una Historia poco comprendida trajo de otras latitudes y otros siglos, mediante el expolio, medios excesivos de vida y de comodidad a una población que fue proletarizada antes y mejor que las otras, la mala fortuna retirará esos bienes a una sociedad que se acostumbró a ellos como placebo para no sufrir la desazón que produce sentirse a la merced de la deriva histórica.
En otras geografías no se vencieron todas las resistencias hacia este proceso de separación de las sociedades de sí mismas y de sus lugares y de sus saberes. La arrogancia del hombre blanco inspiró una desconfianza como semilla revolucionaria, que no muere y que, siempre que caen cuatro gotas, germina silenciosa para construir otro mundo desde el suelo; una y otras vez, en tantos siglos en los que ha tenido que convivir con esta lógica colonial y arrasadora, que durante centenarios pisoteaba y que ahora flaquea.
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