Historia de la socialdemocracia y Podemos

Posted on noviembre 5, 2014

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A medida que el capitalismo se ha desarrollado, ha definido la realidad social y sus instituciones a su imagen y beneficio. Junto a la concentración de capital, el desarrollo de las fuerzas productivas, la proletarización, el desempleo y la explotación, el despojo y otros procesos consecuentes del proceso de valorización del valor, … el Estado fue adquiriendo funciones sociales de solidaridad que antes residían en las comunidades tradicionales o en el movimiento obrero, también por otras instituciones precapitalistas.

El estado del bienestar fue una desposesión a las comunidades o a la clase obrera de esos vínculos sociales de vida o fraternidad para aprender, curar o cuidar. El estado del bienestar se construye a medida que las relaciones de mercancía, capital, salario, trabajo iban eliminando otros tipos de lazos, menos anónimos, menos fetichizados y con menor dosis de dominación. El estado del bienestar crea la certeza de que otras formas de cubrir las necesidades de aprender, sanar, cuidar son arcaicas e ineficaces.

Samir Amin explica también como algunas sociedades erigieron países de maravillas sobre las rentas imperialistas que los grandes monopolios obtienen (y reparten) en el despojo de pueblos indefensos contra la maquinaria de la desposesión. La maravilla tiene una miseria en la cara oculta de la luna, a la que se conducen los residuos tóxicos de esta forma de organización social, de la que hablan muy pocas voces que se han atrevido a explorar el universo desde el exterior de la teoría hegemónica, complaciente. Mientras las despojaban, las sociedades opulentas le cantaban a las sociedades despojadas la posibilidad de convertirse en sociedades desarrolladas y con bienestar, refiriendo el desarrollo, el bienestar, el consumismo, … como la forma más elevada de un progreso incuestionado.

El estado del bienestar también es muy deudor de una forma de posición de la clase proletariada que generada por las relaciones de capital, a medida que desaparecían las relaciones premodernas de propiedad y comunidad. Me refiero a la forma de partido obrero. En el proletariado se dieron otras formas de organización, resistencia, solidaridad, autogestión en la dramática situación de esa clase en el centro del sistema-mundo capitalista, en sus albores. Pero la forma de partido socialista y obrero se colocó como forma con tendencia creciente y hegemónica.

La institución del partido político también tiene una Historia de dos siglos y los partidos de masas tienen todavía menos recorrido. El partido socialista-socialdemócrata promovido por la Segunda Internacional tenía una íntima conexión con el movimiento obrero y una clara vocación de domesticación del capitalismo dentro de las naciones (no su superación), reivindicando límites a la jornada y otras condiciones de trabajo, dramáticas en la fundación del modo de producción, pero también prestaciones y servicios públicos para paliar consecuencias del modo de producción. Es una institución orientada a la organización social con demandas al Estado y con el propósito de reordenación social por medio de los instrumentos de aquel, como la ley.

Durante décadas ese partido en alianza con sindicatos de clase se organizó e hizo sus demandas de condiciones de trabajo, pensiones, servicios públicos, sufragio, asociación desde la oposición extraparlamentaria o minoritaria en los órganos de representación. En las décadas posteriores alcanzó los gobiernos. Después su programa se convirtió en programa de gobierno también para los otros partidos (desde la democracia cristiana hasta los eurocomunismos que afectaron a los lenisnismos agotados o a los trotskismos) en el consenso socialdemócrata.

Desde que el consenso socialdemócrata concluyó, el papel de los partidos socialdemócratas es duro e ingrato pues tienen que contribuir al desguace del estado del bienestar que alcanzó su manifestación más fuerte en la década de los setenta-ochenta contra sus discursos de conservación (ya no elevación) de ese considerado logro político del proletariado. Lo hacen mientras las sociedades siguen enganchadas a las promesas de pleno empleo, condiciones de trabajo dignas, educación y sanidad públicas de calidad, pensiones, …

Las sociedades “desarrolladas” se han convertido en adictas a la maravilla, a la acumulación popular de capital, al bienestar, al consumismo, al espectáculo empobrecedor de la conciencia, a las tecnologías de la información y de la comunicación. No cabe esperar la renuncia voluntaria, aunque estas sociedades también están abocadas al abismo en el que han habitado siempre otras sociedades expropiadas y explotadas. Las tasas de paro o de precariedad, una complejidad muy grande para la cobertura de necesidades básicas que nos convierte en vulnerables, una concentración desmesurada y creciente de la población en las ciudades, una dependencia de energías agotables, una atomización del individuo en la sociedad, una pérdida de saberes necesarios para reorganizar la sociedad con otros principios organizativos, …

Pocas personas o grupos buscan salidas (más que sea intelectuales) y en la búsqueda descubren las escasas grietas en las que construir otras lógicas, pues el capitalismo deja un futuro lleno de control, venenos, trampas y obstáculos también para las sociedades que han “disfrutado” de cuotas suficientes del enorme valor de uso que estas sociedades han sido capaces de producir con unas fuerzas productivas que también se han convertido en destructivas. Las sociedades desarrolladas en general no buscan estas salidas sino que se aferran al Jauja socialdemócrata.

En mi opinión la socialdemocracia, como anhelo de estas sociedades desarrolladas (patrón exportado a las sociedades no desarrolladas), es una aspiración irrealizable, nociva e irrenunciada. La contradicción entre irrealizabilidad e irrenunciabilidad exige una renovación permanente del sujeto al que se le encarga la función de mantener la ilusión, para que el engaño sea creíble, para que no se queme el engaño el encomendado durante un tiempo de mantener la ilusión.

El fenómeno Podemos, como antes el fenómeno PSOE, con la muleta IU si se hacía necesaria, nace en esa ceguera social que no sabe qué cosa podría ser una sociedad libre, igual y fraternal, sin esos elementos adictivos y en la definición establecida por esas décadas de desvarío ideológico.

En menos de un año el sistema se ha reconstituído con un nuevo titular de la Corona, con una crisis en el liderazgo del gobierno que podría acabar en una sustitución de la candidatura a la presidencia, con un nuevo líder del principal partido de la oposición (Pedro Sánchez, con Eduardo Madina, Beatriz Talegón y otros a la expectativa), con el rejuvenecimiento de la cabeza del tercer partido (Garzón o Tania Sánchez Melero), pero sobre todo con la emergencia de un nuevos actores fuerte en el tablero (Podemos o Ganemos). Todo se renueva para refrescar la tocada credibilidad de un sistema cansado, corrupto a la vista, decepcionante, como ocurre también con las estrellas mediáticas, antes el Gabilondo, ahora el par Evole-Pastor.
Podemos nació alrededor de la fama de su líder, forjada durante algún tiempo en la Tuerka y consagrada en los medios de comunicación de masa. Concurrió con otros aspirantes a recambio de la promesa socialdemócrata: como Movimiento Red (Elpidio José Silva Pacheco), Partido X, opciones con algún recorrido como Equo, la vieja esperanza de Izquierda Unida de dar el sorpasso; muchos otros concurrentes ha habido y habrá. Además de este bando dividido de actores nuevos y actores secundarios, aspirantes a un papel pincipal, en las elecciones fundacionales de Podemos concurría igualmente el bipartidismo con su interpretación ya muy sabida de “yonofuí”.

Podemos dio el campanazo. El éxito tiene muchos amigos y llamó a los círculo a muchos ciudadanos ansiosos por una regeneración, antiguos habitantes de formas de 15M o de Frentes Cívicos Somos Mayoría, también viejos roqueros de los movientos sociales que han intentado denodadamente por crear partidos revitalizadores de la promesa socialmócrata, personas con cualidades para ser la casta sustituta, …. También le salieron los clones altermunicipalistas como el capitaneado por Ada Colau en Barcelona. A partir de ahí muchos factores se han alienado para que el fenómeno crezca y de saltos cualitativos y de alegría, … Hasta que la demoscopia ha dictaminado que puede convertirse en la Syriza española y aspirar a un territorio electoral más allá del ansiado 10% de Izquierda Unida, compitiendo por el primer puesto y quién sabe si por mayorías absolutas con los grandes partidos del sistema de partidos del periodo político que arranca en 1975.

¿Dónde está la clave de esta renovación de la esperanza?. Mucho se ha dicho, dice, dirá. Que Pablo Iglesias es Hugo tras el caracazo, que Pablo es Felipe en una segunda transición, que Pablo es Hitler en la alfombra de la penúltima crisis, … Nadie dice que Pablo Iglesias (XXI) sea Pablo Iglesias (XIX). Los promotores (Iglesias, Monedero, Errejón, …) se referían a la audacia histórica bastante tiempo antes de su éxito inesperado.

Para mí, la clave está en ese aferramiento a un imposible que por un camino ya trillado nos conduce melancólicamente a un precipicio. Es mucho más difícil en estos tiempos históricos pensar y actuar fuera de esa rutina y de esa lógica, instaladas incluso en personas, grupos y movimientos que critican a Podemos o de las que cabría esperar algo más, como izquierdas radicales o libertarios. Podemos no debería ser una afirmación manida, sino una pregunta estimulante.

Para mi una buena pregunta es si los críticos de Podemos tienen-tenemos, en esta sociedad desvariada, una propuesta diferente que se libre del lastre intelectual de décadas de socialdemocracia, en la oposición, en el gobierno, en la gestión del derribo de su logro.

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