Esto no es una crisis; la sociedad de la burbuja también era una estafa (Inacabado)

Posted on octubre 8, 2013

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Historia breve de cincuenta años

Hace sólamente cincuenta años la sociedad de este país era bastante pobre (materialmente). La población dedicada a la agricultura (de subsistencia, consumo local o exportación) era superior a la mitad de la población trabajadora, en muchos casos explotada por el cacique con contratos de arrendamiento, aparcería o de jornal o excluída de la posibilidad de ganarse la vida. Desde hacía un siglo, la minería explotaba a otra parte de la población para obtener un carbón y un hierro con los que alimentar una industria no equiparable a la de otras naciones que se habían lanzado antes en la carrera de la productividad para la competitividad y la acumulación. Los servicios eran pequeños y poco extendidos (por ejemplo, la electrificación o la telefonía no alcanzaba a grandes capas de la población rural). Las administraciones públicas tenían una débil presencia y su intervención educativa, sanitaria, social, subvencionadora no había adquirido la actual dimensión totalizante.

El país hizo una “modernización” económica en los sesenta, con inversiones procedentes de capitales exteriores (industria automovilística deslocalizada de los países centrales europeos), con remesas de emigrantes que habían buscado  suerte en los países que se habían modernizado antes, con el monocultivo del turismo para pálidos europeos ansiosos de un sol, playa y fiesta. Las etapas gloriosas de crecimiento ansiado tuvieron lugar cuando hizo su incorporación a la economía-mundo con ese perfil de economía sirviente. Turismo masivo. Segunda residencia. Construcción salvaje de los sesenta-setenta para atender a turistas, albergar a segundos residentes, dar habitación al flujo de población que venía del campo, homologar las infraestructuras con el entorno, … Industrialización provisional hasta los nuevos tiempos de una ola que deslocalizaba las industrias más lejos, donde la explotación era más beneficiosa. Revolución verde en la agricultura (maquinización, fertilizantes químicos, plastificación, explotación intensiva del acuífero).

Después, sus etapas de crecimiento se han sostenido sobre un soporte de turismo y un gran endeudamiento para empujar una especulación y una construcción depredadora en los ochenta y sobre todo desde el 94-96.

Si la sociedad anterior a esa gran transformación conservaba algunos espacios para la autonomía y las relaciones de comunidad no anulados por las formas de dominación postfeudales (cortijos, aparcerías, …) y protoliberales (eliminación de comunes, arrendamientos, jornales), la sociedad resultante extiende el salario a casi toda la producción-distribución. De la sociedad no partió con fuerza una formulación de aumentar la autonomía y las relaciones de comunidad y fue atraída por ese modelo social de implantación global.

Esa construcción y la industria a su vera, inducidas con deuda, creaban empleo a mansalva. Más de veinte millones de personas trabajaban cuando la nave iba con viento en popa y a toda vela, con una población activa y total creciente por la incorporación de jóvenes y mujeres a las estadísticas del empleo y la inmigración atraída por el encantamiento de la occidental way of life. La maquinaria, además de la retribución a los directores del sistema de producción y dominación, permitió salarios de holgura que contribuyeron a integrar en el sistema a sectores sociales que históricamente habían sido descontentos y críticos.

Las administraciones públicas ingresaron extraordinariamente y realimentaban el proceso con grandes promesas, pequeños cumplimientos hacia los hipnotizados ciudadanos, Jaujas, obra pública, faraonismo, subvenciones, deducciones, España va bien, España es la economía campeona de la Champion League, organismos reguladores ausentes, …

El contento de los trabajadores con los salarios  y la acción integradora del Estado ocultaban la realidad de

Las grandes empresas, en su mayor parte privatizadas (Telefónica, Repsol, Endesa, Argentaria, Iberia) poco antes pero también bancos con apellido de rancio abolengo (March, Botín, González) y constructoras sembradas entre los terrenos abonados por las tres burbujas del periodo (Ferrovial, ACS, Fomento y Contratas, OHL, Acciona, Sacyr, Abengoa, Astroc, Martinsa), hicieron grandes beneficios, pagaron grandes salarios a directivos (coincidentes con los mayores accionistas) y cosas que no conocemos los mortales (como las stock options), lograron la reconquista de las Américas, monopolizaron muchos sectores, … Se convirtieron en actores principales en la modelación social.

El círculo virtuoso se cerró por estrangulamiento financiero: deuda privada excesiva en una economía que sólo crecía y creaba empleo con el motor de la deuda, balanza comercial trastornada, stock de viviendas inabsorbible, nacionalización de parte de la deuda de la banca y las promotoras, destrucción de empleo, disminución de los impuestos extraordinarios que tapaban los agujeros…

Lágrimas capitalistas

Sin embargo, cuando llega a su fin el mundo de consumo, “bienestar”, espectáculo, insensibilidad hacia los pueblos en cuyos países se roban recursos (con la guerra cuando fuere menester) y en los que explotan personas con jornadas de asfixiantes, tóxicas y largas, inconsciente de las consecuencias de los vertidos de residuos por tierra-mar-aire, indiferente hacia el agotamiento de los recursos de las futuras generaciones se muestra insostenible… (No antes)… Surge un profundo quejido.

Aparece un grito en la calle: NO ES UNA CRISIS, ES UNA ESTAFA. No es el grito de una consciencia de todos los males, sino una lástima porque nos incluyen en la exclusión, nos conducen a un infierno que no nos importaba que existiera mientras se nos permitiera escapar. No es un llamamiento a una reorganización de la vida propia y de la sociedad sino una demanda a los poderes para que nos devuelvan el empleo, el salario, la renta de protección sin importar mucho si para ello agotamos del todos los recursos aun no derrochados o si se los expropiamos con la fuerza a otros pueblos…

Como mucho, sin poner en tela de juicio el modo de vida de mil millones de habitantes, los sectores más avanzados del grito piden una devolución de la vida guay tan sólo privando de sus lujos a quienes en la jungla han acumulado fortuna y poder. En esa versión del grito una justicia social y una redistribución en el interior de la nación serviría para elevar el nivel de los bienes y servicios de la mayoría y en esa versión sería secundaria la condena de las exterioridades de la nación. Para otros sectores menos avanzados lo importante es mantener el modo de vida sin importar siquiera que en ese modelo haya personas, familias y grupos que acumulan y concentran fortuna y poder, actuando con una complicidad y un pacto de silencio con aquellos.

¿Son válidos esos gritos de suspiro por el bienestar tal y como nos hemos acostumbrado a él, con igualdad interna o sin ella?.

La estafa mayor no es este maltrato  que ahora sufren (todavía en grado mínimo en comparación con los pueblos excluídos de toda opción) las generaciones obnubiladas durante cinco décadas, ahora que se atisba el final de la época gloriosamente consumista para considerables extensiones de población unas pocas naciones en el clímax del capitalismo de las energías fósiles. La estafa es el modo de organización social tan dañino para personas, género femenino, pueblos, culturas, generaciones y especies que poco o nada preocuparon a personas que desconocen a las víctimas más gravemente heridas y que ahora “luchan” por el empleo, la sanidad pública, la educación pública o la dación en pago creyendo felizmente que el problema propio es el problema único y la única responsabilidad del problema reside en el egoísmo de unos pocos que gobiernan las grandes empresas, los poderes políticos, los medios de comunicación.

El rumbo que marcan las oligarquías encuentra sólo rechazos de alto volumen entre quienes sólo pretenden una recuperación de la situación antes de las agresiones de los gobiernos de Zapatero y Rajoy. La sociedad genera débiles voces que exclaman que aquella época también era una estafa (incluyendo la definición dada a los derechos sociales en ella) y fue-es-será una estafa cualquier grito y cualquier propuesta que no pretenda abandonar la organización social que condena pueblos, generaciones, mujeres, especies, además de la persona que grita, los semejantes que gritan o la clase. Las propuestas de garantizar la definición acostumbrada de sanidad, educación, transporte, seguridad social, atención a personas con discapacidad o dependencia, vivienda sin importar la forma de asentarla y sus consecuencias son tan perversas como las propuestas que se denuncian en el grito de la calle (que protesta porque se desampara al débil y se rescata al banco).

Me parece que quienes identificamos la gran estafa ajustada durante décadas de despiste no podemos ir más lejos que quienes piensan que la estafa sólo lo es si se produce el drama nacional.  No sabemos muy bien como convertir ese rechazo al sistema social en una transformación profunda; en parte, porque dedicamos mucho esfuerzo en desembarazarnos de esa inclinación social a defender los derechos concebidos dentro de la organización social que aplasta la vida en las zonas que escapan a nuestra visión. Sin embargo, desde luego parece prioritario identificar que el grito de descontento sin empatía con los otros es un grito inmoral. La extensión de esa renuncia a la nostalgia de una sociedad que garantice los adorados derechos de cualquier manera sería el fundamento para buscar el diseño de una sociedad que cuide esos derechos sin menoscabo de otras sociedades.

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Posted in: Economía