El subsuelo del Estado del Bienestar. Presentación

Posted on octubre 8, 2013

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-Eso es verdad -asintió el muñeco, y en tono confidencial continuó-: Te diré, no me molesta tener el cuerpo relleno de paja, porque así no me hago daño con nada. Si alguien me pisa los pies o me clava un alfiler en el pecho, no tiene importancia porque no lo siento; pero no quiero que la gente me tome por tonto, y si mi cabeza sigue rellena de paja en lugar de tener sesos, como los tienes tú, ¿cómo voy a saber nunca nada?

Lyman Frank Baum

Como el espantapájaros en el Mago de Oz, también yo quería saber. No sé de dónde procede ese anhelo de acariciar la verdad, pero dentro de mí (y supongo que en el interior de toda persona) ahí estaba.

Desde pequeñitos nos meten en unas fábricas de reproducción de las ideas hegemónicas, las escuelas. Yo no tuve esa pulsión intuitiva de rechazo a la enseñanzas homogéneas que otros niños adivinan desde muy pequeños. En mí se forjó esa convicción de que la escuela, el instituto, la universidad forman y educan a la persona para hacerla más capaz.

Por eso, aprendí muchas inutilidades que ahora no recuerdo ni preciso y estuve alejado de saberes de mis vecinos, tíos y padres que la cultura oficial y la vida moderna despreciaban, como reflejó Saramago en La Caverna.

En mi adolescencia suspirante por la comprensión buscaba a hurtadillas la verdad en libros que el sistema social nunca premiaba con las calificaciones académicas, que el sistema educativo usaba para etiquetarnos. En esos ratos de libertad que rateaba a la disciplina de los apuntes perfectos para los exámenes intentaba descubrir por qué la sociedad tritura carne humana, como se le podía leer a Weil.

En esa adolescencia de pensamiento propio, la sociedad me brindaba soluciones fáciles. La teoría de Vicenç Navarro, accesible en sus artículos en el medio de comunicación general más leído en España, EL PAIS (antes de convertirse en el guía espiritual de PUBLICO), era una de esos fármacos sociales que todo lo curaban. Durante los años en los que no podía tener un pensamiento propio, lo más fácil era poseer en préstamo el pensamiento de este buen señor y de personalidades parecidas.

Su teoría era tan simple que no requería mucho esfuerzo de estudio. En la propuesta de este señor (que cala mucho en el PSOE que quiere aparentar socialdemocracia, en IU, en un espectro muy extendido del 15M) el capitalismo no se discute; tampoco se discute el capitalismo de las empresas monopolísticas. Un Bernstein del siglo XX. El modelo sueco es la referencia.

Es importante en ese vademecum la distribución de la renta no sólo por equidad sino también por eficiencia económica, como forma de estimular la demanda. La forma proverbial de distribuir la renta es el refuerzo del poder de los trabajadores en las empresas para impedir que la renta se destine principalmente a los beneficios y de los partidos obreros en los parlamentos para imponer una tributación progresiva. La otra pieza principal de esa teoría es la orientación de los ingresos públicos al sostenimiento de pensiones, sanidad, educación y ese cuarto pilar del Estado del Bienestar del que se ha proclamado como inspirador (dependencia, escuelas de infancia).

Por otra parte, es una izquierda de números centralizados: la presión fiscal, el fraude fiscal, el porcentaje dedicado a pensiones, sanidad, educación sobre el ilusorio PIB, la productividad eternamente creciente, …

En mi adolescencia, pensaba que la teoría de este señor era el método definitivo para que una sociedad funcionara equitativamente. Me dolían esos ataques que recibía en diarios como Kaos En La Red (algunas de ellas con propiedad por su apoyo a partidos que hacían contrariamente a los que él supuestamente defendía (demócratas y PSOE), aunque me parecía impropio de la madurez las reacción de orgullo herido de una persona de su edad.

Al terminar mi vínculo con la institución escolar e iniciar mi búsqueda libre de un pensamiento propio (sin las interferencias que los exámenes absorbentes crean en los alumnos aplicados) mi criterio se fue alejando cada vez más de este tipo de referencias ideológicas. Las obras de los tres tenores (Navarro, Juan Torres, Alberto Garzón), las del grupo Reacciona (Ignacio Escolar, Baltasar Garzón, Juan Torres otra vez, Rosa María Artal,  … con un prólogo inesperado de persona a la que no dejé de estimar después de leer su Octubre, Octubre o El río que nos lleva: José Luis Sampedro), las jóvenes referencias de la izquierda de líderes de los próximos treinta años (Pablo Iglesia, Tania Sánchez Melero, Ada Colau, …), los políticos profesionales como Gaspar Llamazares, Valderas, Aguilar, los líderes mediáticos como Gabilondo, Evole, Javier Gallego, las siglas apreciadas (IU, UGT, CCOO), …

Hace tiempo que aparto de mí toda la obra de ese universo, por considerar que es bulla que no permite escuchar la música. Sin embargo, hace unos días otra persona que se quiere distanciar de esos altavoces para las personas que buscan alternativas a una realidad fea ponía un enlace a un artículo de uno de los artistas principales de ese pensamiento contraúnico (recordando aquel artículo de Ramonet de 1994 en el que abocetaba el discurso neoliberal).

En el artículo, Vicenç Navarro debate con el movimiento que advierte de la insostenibilidad de este modo de organización económica de las sociedades bajo el paraguas del decrecimiento. Sobre todo a Serge Latouche. Lo hace con el engreimiento característico de la casa, atribuyendo a los autores que le contestan desconocimiento sobre antiguos debates dentro del socialismo o ridiculizando con sus criterios una aseveración de Serge Latouche encontrada en lo poco que probablemente le haya leído al autor francés.

Ese artículo despertó unas dormidas ganas de escribir aunque no se trate realmente de una respuesta al intelectual tan reconocido internacionalmente. Vivimos una época en la que se obliga a las clases populares de los países occidentales a devolver a trozos derechos o privilegios conquistados o prestados durante una época anterior en la que había movimientos sociales (sobre todo obrero) que lo exigían y las grandes empresas tenían posibilidad de compartir las grandes cantidades de plusvalía: derechos laborales, sanidad pública, educación pública, pensiones, …

A la calle han salido los movimientos ciudadanos reclamando que no se expropien/deterioren esos servicios o esas rentas. Se parte de un sentimiento de propiedad sobre la forma en la que se han definido en nuestras sociedades la educación, la salud, la seguridad social y se opta por una defensa pasional de las instituciones que se han creado desde el Estado para cuidar a la población en edad escolar mientras se les entretiene con un juego en el que tienen que memorizar contenidos que se olvidan sin que pase mucho tiempo, para curar la enfermedad por unos profesionales que atienden lo más rápido posible y prescriben intervenciones o medicamentos, para derivar unas rentas a las personas que no las obtienen por edad, enfermedad, desempleo con las que puedan adquirir en el mercado.

Durante décadas nos hemos acostumbrado tanto a la prestación de estos servicios o la transferencia de estas rentas que resulta un sacrilegio proponer que nos preguntemos si de verdad esas maneras de orientar la educación, la salud o la seguridad social son convenientes para nosotras las personas de los países afortunados o universalizables para toda personas de todo país o de toda generación. A las personas que formulan la cuestión las suelen expulsar del prestigioso club del progresismo, como hace Vicenç Navarro con Iván Illich, asociando la autonomía que proponía el crítico social vienés con el discurso neoliberal y mercantilizador de Nixon.

En otra ocasión se me ocurrió pensar que el sentimiento de propiedad sobre la escuela pública, la sanidad pública y las pensiones (ahora tocan las pensiones), el bienestar, el consumismo se parece al sentimiento de propiedad de la plusvalía del capital. En el capital hay una convicción profunda de que los riesgos, la responsabilidad, la capacidad deben ser retribuídos con unos salarios de directivos y unos dividendos suculentos, además de una reinversión constante de parte de la plusvalía para no sucumbir en el juego de la competencia. Entre los trabajadores occidentales hemos asumido el sagrado derecho a un bienestar definido con los contornos que visualizamos cada día y que atrae en su idealización a la inmigración cuando ven el american or european way of life.

El sentimiento de propiedad y el apego hacia estas definiciones históricas de esos derechos legítimos significa una incapacidad profunda para imaginar otros modos de organización social que se desmarquen del actual, abandonando sus contradicciones.

Para grandes capas de la población occidental el modo de organización social es natural, escapa a las posibilidades de comprensión humana, se desconocen las consecuencias de este modo de organizar la vida y se recibe como un misterio la afirmación o la negación de los servicios o las prestaciones, a pesar de que haya una rutina exigente de la estimación. Se trata de la mayoría silenciosa, perpleja y asustada.

Para otras personas, en cambio, hay una convicción de que esos servicios y esas transferencias de renta son un derecho inalienable que sólo una dirección de las sociedades occidentales negaría para sostener la acumulación codiciosa. Se trata de esas minorías ruidosas y con deseos de audacia que se manifiestan porque se evapora el mundo de aquel bienestar.

El segundo grupo se plantea como conseguir que el primero se ilustre, exija, se manifieste, elija a mejores representantes que haga las leyes y decrete lo necesario para que las pensiones aumenten, las ratios en las escuelas disminuyan, las listas de espera duren menos. Se exaspera porque las huelgas generales no son seguidas o porque los manifestantes de ese día no vuelven a la manifestación de una semana después. Se entusiasman porque treinta mil personas rodean el Congreso o porque las encuestas electorales atribuyen a IU un diez o un once por ciento o porque Pablo Iglesias sea más convincente que Miguel Ángel Rodríguez en un debate de diez minutos sobre la educación en una cadena de televisión considerada como vanguardia de las izquierdas.

Para mis adentros, el cuestionamiento al menos intelectual de estas posiciones es más que necesario. No quería enredarme tanto para expresarlo, pero parece que no sé ceñirme al guión preparado. Si las ganas no flaquean intentaré el desarrollo del esquema después de este abordaje frustrado, que ha acabado en presentación.

Aunque esta generación occidental no sea capaz de zafarse de esa inclinación hacia el Estado del Bienestar, intentaré expresar qué hay debajo del Estado del Bienestar y qué movimientos se han liberado de esa querencia. Antes de este, escrito por ahí se encuentra el Chovinismo del Estado del Bienestar o el inacabado por crisis de musas, Paternalismo del Estado del Bienestar.

Aun prescindiendo de lo que queda expuesto, es equivocado, en general, tomar como esencial la llamada distribución y poner en ella el acento principal.

La distribución de los medios de consumo es, en todo momento, un corolario de la distribución de las propias condiciones de producción. Y ésta es una característica del modo mismo de producción. Por ejemplo, el modo capitalista de producción descansa en el hecho de que las condiciones materiales de producción les son adjudicadas a los que no trabajan bajo la forma de propiedad del capital y propiedad del suelo, mientras la masa sólo es propietaria de la condición personal de producción, la fuerza de trabajo. Distribuidos de este modo los elementos de producción, la actual distribución de los medios de consumo es una consecuencia natural. Si las condiciones materiales de producción fuesen propiedad colectiva de los propios obreros, esto determinaría, por sí solo, una distribución de los medios de consumo distinta de la actual. El socialismo vulgar (y por intermedio suyo, una parte de la democracia) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución. Una vez que esta dilucidada, desde hace ya mucho tiempo, la verda dera relación de las cosas, ¿por qué volver a marchar hacia atrás?

Marx, Crítica al programa de Gotha.

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Posted in: Ética, Política