Consumir: otra forma de luchar

Posted on octubre 13, 2012

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Una comunidad indígena fue expulsada de las tierras en las que ancestralmente produjo batata, maíz y mandioca con los modos de la agricultura premoderna. Una gran empresa se convirtió por obra de magia notarial en propietaria de aquellas tierras benditas. El gobierno mandó al ejército para apartar a las familias indígenas que se resistían a abandonar la tierra donde estaban enterrados sus muertos, cumpliendo el designio que Úrsula Iguarán le dió a José Arcadio Buendía cuando quiso abandonar Macondo.

La empresa trajo sus máquinas pesadas para desbrozar la maleza que los indígenas siempre comprendieron y toleraron, arrasando toda la vida vegetal y animal en torno a ella. Después cultivó allí una soja transgénica con una productividad excepcional. Vinieron a trabajar jornaleros expulsados de sus tradicionales modos de vida y atraídos desde lejos por la llamada de unos salarios inciertos en una empresa con la que habían trabajado tiempo atrás a cientos de kilómetros, como en Las Uvas de la Ira. Mucho tiempo de trabajo, para los pocos que conseguían el empleo, complementaba el trabajo que la maquinización no cubría. Poco salario para escapar al terrible monstruo de la indigencia familiar y riesgos de enfermedad mortal del pulmón por la exposición constante a aire contaminado por los pesticidas.

El agrónomo de la explotación mandaba el bombardeo preventivo de insecticidas y al más mínimo conato de plaga daba la orden de ametrallar con más pesticidas, químicos, petroquímicos, millones de sustancias imperecederas. La reacción de las plagas de hongos muchas veces era una guerra estratégica.

Después de la cosecha se le metían a la tierra enferma reconstituyentes igualmente sintéticos para que la productividad no decayera hasta que la enfermedad de la tierra fuese demasiado grave para que la reanimación artificial tuviera efecto. Así es como morían las tierras que secularmente fueron vitales y agradecidas con quienes la respetaron.

Después de la cosecha la soja se mandaba a las industrias de la empresa para transformar hasta lo irreconocible la soja obtenida. Salía envasada en una multiplicidad de productos y formatos. La diversidad de la naturaleza disminuía al mismo ritmo que aumentaba la gama de productos y tipos de envasado para adaptarse a los deseos creados en los consumidores y sus condiciones diferentes.

Los trabajadores desorganizados de la industria de transformación y envase aceptaban unas condiciones de trabajo tan severas como la tierra o como los trabajadores de la tierra. Las leyes de aquel país nunca fueron protectoras de quienes trabajaban. Los trabajadores volvían a sus precarias viviendas con la frustración de una larga y desalmante jornada y pagaban parte de su ira con las mujeres que lo recibían con el espanto de La Madre, de Gorki.

Aquellos productos hacían un viaje por medio mundo en camiones, barcos, camiones, furgonetas, carros hasta llegar a unas estanterías en el que alguien comparaba que estaba más barato que el producto análogo de otra marca y lo metía en su cesta. Los trasladaba a casa y allí lo consumía con su familia; así día tras día hasta el día en el que descubrió que la ingestión de las microsustancias de sus alimentos durante años le había provocado un cáncer.

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Los movimientos occidentales de protesta pedimos a nuestros conciudadanos que elijan mejor a nuestros gobiernos. Le exigimos a los gobiernos que tomen caminos beneficiosos para todas las personas. Normalmente, sólo atendemos al nosotros del Estado-nación que aparecen en el Instituto Nacional de Estadística o en nuestros medios: más de cinco millones de personas paradas en España, cuatro mil millones menos para sanidad este año, seis mil millones menos para educación, menos prestación de desempleo, retraso del subsidio, incertidumbre en la compensación de las pensiones, …

Pero hay otras formas de luchar, chiquitas porque la conciencia rebelde no goza de buena salud actualmente. Consumir es una ellas. Es posible beneficiar a otras personas que se escapan a ese pronombre nosotras que tenemos metido en la cabeza, en el estado-nación. Muchas veces ni sabemos de dónde procede ni la historia del azúcar o del cacao que nos tomamos. Conocer y aprender es tener un arma de lucha y una herramienta para el desencadenamiento del explotado y la explotada, de los pueblos explotados. No es tan barato un kilo de azúcar en el que no se explota a la tierra y a las personas, pero es posible que nos podamos permitir el lujo de no explotarlas, aunque sea consumiendo menos.

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Hemos creado un grupo de Facebook que puede morir de aburrimiento o que puede ser una pequeña pieza dentro de la lucha contra la organización de la vida con consecuencias tan desastrosas en muchas esferas. Animo a darle vida y fuerza a esa forma de combatir la desigualdad sin tener que esperar a que nadie derogue las leyes del mercado.

Grupo de Comercio Justo en Tenerife de Facebook.

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Posted in: Ética, Política