La exclusión de los pueblos empobrecidos de nuestras protestas y propuestas

Posted on agosto 20, 2012

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Cuando en 2005 la burbuja funcionaba perfectamente (el precio de la vivienda volaba, las familias se endeudaban, los pájaros cantaban, la construcción cementaba, las administraciones recaudaban, las nubes negras se levantaban) los movimientos insatisfechos con la monarquía parlamentaria, la regresiva fiscalidad, las privatizaciones, las guerras imperialistas, el consumismo bobo, la creciente desigualdad, los privilegios de la Iglesia, la recolonización de América por las grandes de España, … se reducían a expresiones mínimas. Por ejemplo, nadie protestó lo más mínimo por la indecente contrarreforma fiscal de 2006 o cuando los presidentes americanos se quejaban por la actitud arrogante de España muchos le rieron las gracias al “¿Por qué no te callas?” del Rey a Hugo Chávez.

De aquellos polvos, estos lodos.

En las manifestaciones de ahora a veces me siento fuera de lugar, porque entiendo que hay que defender el Estado del Bienestar, pero la clase proletaria occidental (aquellas que no tienen propiedad significativa o dirección (normalmente van juntas) de medios de producción) deberíamos reconocer que aquel Estado del Bienestar era equívoco, confundiendo bienestar vital (necesidades materiales garantizadas y una vida relacional rica) con consumismo material, y sobre todo inmoral, porque se costeaba con un gasto de recursos excesivos, con una generación de residuos inmensa, con una destrucción de los modos de vida propios fuera de occidente, con un machismo integral.

Desde luego, la mayor beneficiaria de las rentas que produce la maquinaria de exclusión no es la clase proletaria occidental, pues los propietarios del capital han acumulado en estos años patrimonios inmensos y crecientes participaciones en el reparto de la renta entre trabajo y capital. Sin embargo, parece que la renuncia a combatir por el socialismo en 1945 de la clase trabajadora, aceptando un Estado del Bienestar con techo, fue paralela al enterramiento del verdadero internacionalismo. Allí se sepultó la solidaridad entre desposeídos y la clase trabajadora de occidente se desentendió de atacar los mecanismos con los que el capital extrae rentas de los pueblos empobrecidos, disfrutando de una cuota.

También me siento incómodo porque en esta época de descontento no se examina ese fenómeno de coautoría en el expolio del tercer mundo, no hay pesar ni se incluye en el pliego de reivindicaciones el cese de los mecanismos de arruinamiento de las vidas de esos pueblos. Parece que en general no trascendemos de la salvación del aquí y del ahora sin mirar hacia otros pueblos actuales o hacia la futuras generaciones.

En este sentido, creo que la vieja izquierda tiene sus miras más acortadas que el movimiento 15M, donde sí tienen cabida las reivindicaciones siempre marginales (por desgracia) de condonación de la deuda externa (ahora que tanto nos preocupa la nuestra), de consumo justo, de celebración de las nacionalizaciones (PSOE, UGT, CCOO apoyaron a Repsol cuando fue nacionalizada YPF). Pero tampoco es un tema principal y por ejemplo la protesta contra la Guerra de Libia pasará a la Historia sin haber recibido una protesta occidental mínima, a modo de ejemplo.

Son ya cinco siglos de invasión occidental al resto del mundo en busca de su oro, de su plata, de sus tierras para cultivos europeos, de su capacidad para albergar la emigración europea de la Revolución Industrial, de su petróleo y su gas natural, de sus recursos, de su trabajo pagado con salarios hiperbajos, … No importa que esos países estén gobernados por útiles dictadores e “hijos de puta” (frase del Roosevelt al que tanto se aplaude por su New Deal salvacionista, dedicada a Anastasio Somosa), que las multinacionales para extraer los recursos expulsen o masacren pueblos indígenas o envenenen sus hábitats, que se les asfixie con la deuda externa, que se les impongan las cadenas del Banco Mundial o del FMI, que se use contra esos pueblos la guerra, …

Hace unos días unos chicos de Acnur me pidieron que apoyara a la organización. Me cayeron tan bien que al final me comprometí a ayudar por un año. Rescaté aquellas justificaciones de Adela Cortina o Victoria Camps de la necesidad de que la solidaridad tape los agujeros más urgentes que crea la injusticia. Pero necesitamos que alguien trabaje por la justicia. Ya he llegado a la conclusión de que la justicia en este tema no consiste en aumentar la Ayuda Oficial al Desarrollo (como prometía Zapatero e incumplió), sino romper los mecanismos de sometimiento a la dependencia, la desconexión de Samir Amin.

Más que una caridad que ofrece un occidente con complejo de superioridad moral y remordimiento colonial, que oculta la superexplotación, es necesaria una verdadera autonomía para esos pueblos. La cuestión es cómo podría ayudar la clase proletaria occidental asustada y triste porque ha perdido su Jauja.

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Posted in: Ética, Política