Añoranza por un mundo (de consumismo) perdido o propuesta de un mundo diferente

Posted on julio 15, 2012

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Antes de empezar, debo decir que esta entrada me costó mucho escribirla, ya que resulta antipática y sabionda. Teóricamente tampoco he tenido facilidad para armarla. Es como el reproche del que llega puntual a los que se han retrasado y vienen equivocados en la razón del encuentro. Es probable que él llegara antes porque no se enteró bien de que la hora de reunión era más tarde y también es posible que sea él quien no comprendió para que se ajuntaban. Pido perdón si alguien se siente dolido; me alegraré de que sirva a alguna persona para pensar. Hecha la advertencia…

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Satisfacción general en un sistema exitoso, con contradicciones invisibles

Después de tres años de recortes y contrarreformas, la insatisfacción social crece. No cabe duda. Cuando el sistema económico funcionaba a su manera, con la energía agotable del superendeudamiento, también había insatisfacción social, pues también había paro, la temporalidad laboral era muy elevada, las condiciones de trabajo explotaban, las rentas nunca alcanzaban para cubrir todo lo que el deseo infinito nos hacía apetecer, … Igualmente, parte de esa insatisfacción ha sido siempre neutralizada por el sistema social de estas décadas a través de un consumismo creciente con un eslogan perfecto: “No pienses qué es la libertad, trabaja, consume, trabaja más, consume más”.

Al mismo tiempo que el sistema funcionaba a su manera satisfaciendo e insatisfaciendo con un consumismo nunca saciado del todo, la desigualdad social crecía, había exclusión social, se destruían demasiados recursos, se expoliaban recursos y trabajos a otros pueblos, se acumulaban los residuos, se destruían espacios naturales, los servicios públicos nunca fueron del agrado general, … Pero la satisfacción y la insatisfacción convencional nunca tuvo eso en su campo de atención. Solo unas minorías tuvieron conciencia de las contradicciones, remordimiento, propósito de enmienda en el ajuste de sus vidas.

A veces da la sensación de que en occidente los servicios esenciales de sanidad, educación, protección en el desempleo (ya que el pleno empleo fue un horizonte huidizo), la enfermedad o la vejez, la vivienda, la justicia, … tocaron techo hace décadas. Desde entonces, no ha habido en la sociedad un proyecto realista de mejorarlos. Mucho menos, apareció en el centro de decisiones del sistema el propósito de autoajuste, para mejorar la dispensación de los derechos sociales fundamentales consumiendo menos recursos-creando menos residuos o para establecer unas relaciones más solidarias con otros pueblos, dominados por una infinidad de mecanismos sociales, más crueles que los engranajes de dominación hacia las clases trabajadoras en occidente, drogadas de consumismo.

Desde los ochenta, cualquier socialismo digno de ese nombre se hubiese encomendado históricamente a ese proyecto de progreso social, ecológico y solidario, seguramente más austero menos espléndido en la cantidad de cachivaches, manteniendo la propiedad pública de empresas estratégicas heredadas y actuando para reducir la desigualdad, con una paz antimperialista.

En cambio, en estas décadas se lanzó la economía hacia una satisfacción compulsiva e ilimitada de necesidades en aumento, por medio de la publicidad, el crédito, los hábitos convencionales en la sociedad. Las sociedades históricas nunca tuvieron suficiente tino para satisfacer inteligentemente sus necesidades, pero en esta época el desquicio alcanzó sus niveles más exagerados, mientras considerábamos que habíamos alcanzado en el derroche el clímax perpétuo del progreso.

Como ejemplo, las políticas públicas de vivienda se demostraron inútiles para proveer a las familias de ese derecho social y el mercado prometió una vivienda-mercancía, sobre todo en propiedad, con hipoteca cautivadora, con precios en una subasta permanente al alza y con avariciosos metidos a promotores inmobiliarios en busca de El Dorado de la burbuja.

Mientras nuestros hogares occidentales eran invadidos por la promesa de bienes privados sin fin (vivienda, carro, tecnología, vestido, viajes), la sujeción voluntaria a las cadenas se hizo cada vez más fuerte: la necesidad del salario, la atadura a las horas extras para tener más, el crédito que hay que devolver, la renovación del coche más avejentado del vecindario, la falta de capacidad para construir redes por fuera de la red oficial que lo atrapa todo, la confianza ciega-delegaticia en un Estado dominado por gentes que no merecen confianza.

La insatisfacción se visibiliza cuando me corroe a mí

A cambio de la felicidad material y de tranquilizar nuestra envidia vecinal, vendimos nuestra autonomía vital de limitar nuestras necesidades contra la exigencia social de adquirir la moda, de producir por nosotros mismos, de intercambiar entre pares de las cercanías, de gobernar el bien común con el esmero  del jardinero fiel. Pero falsedad de la promesa de eternidad del modo de vida quedó desnuda cuando la energía fósil del sistema se agotó, cuando se saturó la capacidad de endeudamiento que sostenía la actividad económica frenética, que ocupaba a muchas personas, que trabajaban, consumían, eran felices. El sistema abandonó su generosidad material. Surgió un lamento popular por un tiempo perdido en el que el consumismo predominaba sobre el bienestar.

En los recortes del lustro en curso desde luego se han tocado para los habitantes peor situados de nuestro país puntos centrales de los derechos sociales básicos: la sanidad de inmigrantes, las medicinas de pensionistas que ya tenían apuros para llegar a final de mes, las tasas y becas de estudiantes de familias en déficit crónico, la congelación de pensiones raquíticas, la reducción de la prestación de desempleo o la eliminación del subsidio de desempleo para mayores de 52 años. Esto se sumaba a los fracasos que ni en sus mejores horas el sistema resolvía. Al lado de estos recortes hay otros que rascan un american/european way of life al que es fácil de acostumbrarse y del que difícilmente nos sabremos desprender.

Los recortes de los Gobiernos de Zapatero y de Rajoy han expropiado piezas del bienestar social y del consumismo de las masas para evitar la alternativa de la utilización de técnicas menos desfavorables para el pueblo como los impuestos de verdad a los que más tienen, la persecusión del fraude, las nacionalizaciones, la quiebra de las entidades financieras privadas que asumieron un riesgo que se ha demostrado excesivo, la recuperación del patrimonio de los responsables de esas entidades, la investigación criminal de lo ocurrido, la separación clara de deudas públicas y privadas, … Nos conducen por la senda ya demasiado ambulada: estabilizar la deuda, desendeudar, reendeudar para lanzar un crecimiento maravilloso de construcción infinita porque nuestra economía no sabe crecer de otra forma en un mundo en el que abrirse un hueco de competencia es, más que la utopía que inspira a la izquierda, una quimera tozuda.

Igual que en las épocas en la que la sociedad celebraba que el PIB creciera un cuatro por ciento (lo que significaba que se incendiaba otra bosque al lado de la costa para construir en él un complejo residencial de lujo o que un promotor se endeudaba con un banco español que se endeudaba con un banco alemán para construir una ciudad de cinco mil habitantes dentro de un infernal horno) no sentía remordimiento porque el atún que consumía tan barato procedía de pescas con técnicas ilegales en Somalia que esquilmaban el banco pesquero del que vivían los pescadores tradicionales del lugar, en la época en la que aprendimos qué era la recesión se produce una solidaridad liviana cuando las contrarreformas tocan a otros. Los ánimos se soliviantan más cuando el recorte le cae a uno.

La elección del camino

De este modo, parece que la izquierda se compone de lamentos fragmentados de recortados, en lugar de propuestas globales en aumento. Parece que cada vez hay más fragmentos y cada vez se organizan mejor. Algunos incluso concitan la atracción de otros grupos y ciudadanos, como en el caso de los mineros. También surgen a veces iniciativas desagrupadas de lamento. Es posible que estos grupos sepan construir puentes y más adelante tejer redes, para afrontar acciones corales.

Ahora bien, se ven varios caminos por delante. Igual el lamento se contenta con intentar derribar al Gobierno de Rajoy, por desarrollar un programa que no convalidó en las urnas, como hiciera anteriormente otro gobierno. Muchas veces se escucha el grito que pide la dimisión al Recortador actual. En ese supuesto, lo más probable es que las tijeras pasen a manos de otro Recortador del mismo partido o del otro partido que tan bien se aplica en hacer recortes cuando le toca y tan bien los niega lo antes posible. Me parece un destino frustrante, aunque muy previsible.

Otro camino es el de exigir el retorno al año 2005, con sus contradicciones incluídas, más indoloras que los recortes sentidos en los últimos años. Parece la demanda más reclamada. Sin embargo, no conozco la metodología, ya que la metodología Hollande es más hueca que cierta y más interpretable en un país sin tanta presión.

El tercer camino es el más bello de todos. Es el que los valores marcaron en los setenta y no seguimos porque no había fuerzas históricas para hacer esa elección. Es un camino de renuncias a las promesas que nos hacía el mundo de 2005, pero no para consolidar la dominación de unas grandes empresas, sino para reorganizarnos en una sociedad que incluya mejor, que gaste menos, que dure más, que explote menos, … Son muchas las propuestas de mundos diferentes y ciertamente hay muchas personas que estudian cómo debe ser y cómo se debe llegar. Lo más probable es que tampoco ahora pueda florecer, pero de lo probable sabemos demasiado.

Ni el futuro que tienen en mente los Botín, Ortega, Koplowitz, Rajoy, Rubalcaba, Paulino, Esperanza, … nos vale. Ni el mundo que nos obnubiló en 2005 debería volver.

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