Cien Años de Soledad y anarquismo primitivo

Posted on julio 12, 2012

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Releo las siempre mágicas páginas de Cien Años de Soledad, obra que jamás dejará de acogerme hospitalariamente entre los acontecimientos de las siete generaciones de los Buendía. Cuando llegué al punto en el que Macondo tomó contacto con el mundo [porque Úrsula Iguarán encontró eventualmente esa conexión en el momento que buscaba a su hijo José Arcadio, huído con un circo de gitanos], me admiré con una sonrisa cuando el fundador de Macondo (José Arcadio Buendía padre) descubre que había llegado a Macondo un delegado del Gobierno. Conoce la molesta llegada cuando va a pintar la ampliación de la casa que Úrsula ha construído de color blanco y su esposa le cuenta que el corregidor ha ordenado que se pinte de azul. Esta es la conversación encantadora que tiene lugar entre ellos.

Don Apolinar Moscote, el corregidor, había llegado a Macondo sin hacer ruido. Se bajó en el Hotel de Jacob -instalado por uno de los primeras árabes que llegaron haciendo cambalache de chucherías por guacamayas- y al día siguiente alquiló un cuartito con puerta hacia la calle, a dos cuadras de la casa de los Buendía. Puso una mesa y una silla que les compró a Jacob, clavó en la pared un escudo de la república que había traído consigo, y pintó en la puerta el letrero: Corregidor.Su primera disposición fue ordenar que todas las casas se pintaran de azul para celebrar el aniversario de la independencia nacional.

José Arcadio Buendía, con la copia de la orden en la mano, lo encontró durmiendo la siesta en una hamaca que había colgada en el escueto despacho. «¿Usted escribió este papel?», le preguntó. Don Apolinar Moscote, un hombre maduro, tímido, de complexión sanguínea, contestó que sí. «¿Con qué derecho?», volvió a preguntar José Arcadio Buendía. Don Apolinar Moscote buscó un papel en la gaveta de la mesa y se lo mostró: «He sido nombrada corregidor de este pueblo. » José Arcadio Buendía ni siquiera miró el nombramiento.

-En este pueblo no mandamos con papeles -dijo sin perder la calma-. Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir. Ante la impavidez de don Apolinar Mascote, siempre sin levantar la voz, hizo un pormenorizado recuento de cómo habían fundado la aldea, de cómo se habían repartido la tierra, abierto los caminos e introducido las mejoras que les había ido exigiendo la necesidad, sin haber molestado a gobierno alguno y sin que nadie los molestara. «Somos tan pacíficos que ni siquiera nos hemos muerto de muerte natural -dijo-. Ya ve que todavía no tenemos cementerio.»

No se dolió de que el gobierno no los hubiera ayudado. Al contrario, se alegraba de que hasta entonces las hubiera dejado crecer en paz, y esperaba que así los siguiera dejando, porque ellos no habían fundado un pueblo para que el primer advenedizo les fuera a decir lo que debían hacer. Don Apolinar Moscote se había puesto un saco de dril, blanco como sus pantalones, sin perder en ningún momento la pureza de sus ademanes.
-De modo que si usted se quiere quedar aquí, como otro ciudadana común y corriente, sea muy bienvenido -concluyó José Arcadio Buendía-. Pero si viene a implantar el desorden obligando a la gente que pinte su casa de azul, puede agarrar sus corotos y largarse por donde vino. Porque mi casa ha de ser blanca como una paloma.

Como en otras grandes guerras de la Historia, el amor a la libertad y a la igualdad de José Arcadio consiguió ganar una batalla. Pero el poder insistente reenvió Apolinar Moscote y fue aceptado por los Buendía, aunque con enemistad. En el transcurso de la Historia de Macondo, la antigua aldea fue integrándose cada vez con mayor intensidad en la Historia de su Nación. De la mano del poder civil, más tarde llegó la autoridad eclesiástica:

El padre Nicanor Reyna -a quien don Apolinar Moscote había llevado de la ciénaga para que oficiara la boda- era un anciano endurecido por la ingratitud de su ministerio. Tenía la piel triste, casi en los puros huesos, y el vientre pronunciado y redondo y una expresión de ángel viejo que era más de inocencia que de bondad. Llevaba el propósito de regresar a su parroquia después de la boda, pero se espantó con la aridez de los habitantes de Macondo, que prosperaban en el escándalo, sujetos a la ley natural, sin bautizar a los hijos ni santificar las fiestas. Pensando que a ninguna tierra le hacía tanta falta la simiente de Dios, decidió quedarse una semana más para cristianizar a circuncisos y gentiles, legalizar concubinarios y sacramentar moribundos. Pero nadie le prestó atención. Le contestaban que durante muchos años habían estado sin cura, arreglando negocios del alma directamente con Dios, y habían perdido la malicia del pecado mortal. Cansado de predicar en el desierto, el padre Nicanor se dispuso a emprender la construcción de un templo, el más grande del mundo con santos de tamaño natural y vidrios de colores en las paredes, para que fuera gente desde Roma a honrar a Dios en el centro de la impiedad. Andaba por todas partes pidiendo limosnas con un platillo de cobre. Le daban mucho, pero él quería más, porque el templo debía tener una campana cuyo clamor sacara a flote a los ahogados. Suplicó tanto, que perdió la voz.

A José Arcadio Buendía se le pudrieron las ganas de vivir. En paralelo, Macondo fue integrándose en la Nación, en el sistema liberal de bipartidismo, en las guerras entre liberales y conservadores, en la invasión colonial gringa, en el intento socialista, …

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Posted in: Citas, Literatura