Los héroes trágicos blandiendo sus tijeras contra la odiosa Fortuna

Posted on julio 11, 2012

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Les propongo un juego. Les pongo la parte de los discurso de Zapatero del 12 de mayo de 2010 y de Rajoy de 11 de junio de 2012 en las que los dos escenifican la pena que les produce usar las tijeras. Si quieren jueguen a adivinar y justificar de quién es cada discurso. Si no quieren jugar, pero tienen ganas de leer y lo leen quizá encuentren los parecidos que me provocaron la sensación de haber escuchado el discurso de Mariano antes.

Oración fúnebre número 1.

Señorías, cuando concluyo mi intervención soy consciente de que muchos ciudadanos no entenderán que precisamente cuando el Gobierno les está anunciado que se ha iniciado ya la recuperación de nuestra economía y estamos empezando, como muestran las cifras del primer trimestre, a salir de la crisis, precisamente ahora les pida más esfuerzo, les solicite más compromiso y les anuncie a determinados sectores esfuerzos muy considerables. Es ahora cuando más lo necesitamos. Lo necesitamos para cumplir nuestros compromisos europeos; lo necesitamos para reforzar la confianza en nuestra economía y mantener entre nosotros a los inversores y por supuesto para transmitir una imagen de estabilidad; lo necesitamos sobre todo para poder seguir fortaleciendo nuestro sistema productivo y preservar nuestro Estado del bienestar. […] Son los mismos que nada han tenido que ver con el origen, el desarrollo y las fases de la crisis; son, por el contrario, los que han sufrido sus consecuencias y son ahora los que mayoritariamente de nuevo deben contribuir a los esfuerzos necesarios para corregir los efectos de la crisis. Sois, en definitiva, la columna que sujeta el país; los que cargáis con su peso fundamental; los que garantizáis el presente y el futuro de nuestra sociedad, sus posibilidades de crecimiento, de bienestar, de éxito; los que dependéis de vuestro propio trabajo, de vuestro afán emprendedor, de las rentas públicas que os habéis ganado con los años.

Oración fúnebre número 2.

Sé que las medidas que les he anunciado no son agradables. No lo es cada una de ellas en particular y, menos aún, lo son todas juntas. No son agradables, pero son imprescindibles. Nos encontramos en una situación extraordinariamente grave y es preciso corregirla con urgencia. Que el dinero para pagar nuestra Deuda nos cueste el 7 por 100 significa que buena parte de los sacrificios de los españoles se los lleva el incremento del pago de la deuda. Es así, Señorías: necesitamos que nos presten dinero hasta para pagar las prestaciones por desempleo, los sueldos de los funcionarios, la sanidad o la educación. Y lo necesitamos porque nuestro gasto público excede en decenas de miles de millones de euros los ingresos; el año pasado, sin ir más lejos, más de noventa mil millones de euros, más de quince billones de pesetas gastamos por encima de lo que ingresamos. En esto consiste el déficit. No podemos prescindir de los préstamos del exterior, pero resulta tan caro obtenerlos, que estamos encerrados en un círculo vicioso insoportable, del que necesitamos salir cuanto antes. […] Ésa es la realidad, Señorías, y no hay otra. Y tenemos que salir de este atolladero y necesitamos hacerlo, insisto, cuanto antes.  […] No disponemos de más ley ni de más criterio que el que la necesidad nos impone. Hacemos lo que no nos queda más remedio que hacer, tanto si nos gusta como si no. Yo soy el primero en estar haciendo lo que no le gusta. Dije que bajaría los impuestos y los estoy subiendo. No he cambiado de criterio, ni renuncio a bajarlos en cuanto sea posible; pero han cambiado las circunstancias y tengo que adaptarme a ellas. Señorías, hago lo único que se puede hacer para salir de esta postración. No pregunto si me gusta. Aplico las medidas excepcionales que reclama un momento excepcional. Tratamos de avanzar con firmeza por un camino que no es fácil, ni corto, ni agradable; pero que no podemos eludir, porque es el único que conduce a la recuperación y es el que tenemos la obligación de seguir, y el que vamos a recorrer sin vacilaciones, como estamos haciendo desde el primer día.

Después de sufrir el tormento de un mal texto trágico, les regalo el monólogo de un verdadero héroe clásico, el Ricardo III, todavía duque de Gloucester, de Shakespeare, cuando presenta su naturaleza conspiradora.

Ahora el invierno de nuestro descontento se vuelve verano con este sol de York; y todas las nubes que se encapotaban sobre nuestra casa están sepultadas en el hondo seno del océano. Ahora nuestras frentes están ceñidas por guirnaldas victoriosas; nuestras melladas armas, colgadas en trofeos; nuestras amenazadoras llamadas al arma se han cambiado en alegres reuniones, nuestras temibles músicas de marcha, en danzas deliciosas. La guerra de hosco ceño ha alisado su arrugada frente; y ahora, en vez de cabalgar corceles armados para amedrentar las almas de los miedosos adversarios, hace ágiles cabriolas en el cuarto de una dama a la lasciva invitación de un laúd. Pero yo, que no estoy formado de bromas juguetonas, ni hecho para cortejar a un amoroso espejo; yo, que estoy toscamente acuñado, y carezco de la majestad del amor para pavonearme ante una lasciva ninfa contoneante; yo, que estoy privado de la hermosa proporción, despojado con trampas de la buena presencia por la Naturaleza alevosa; deforme inacabado, enviado antes de tiempo a este mundo que alienta; escasamente hecho a medias, y aun eso, tan tullido y desfigurado que los perros me ladran cuando me paro ante ellos; yo, entonces, en este tiempo de paz, débil y aflautado, no tengo placer con que matar el tiempo, si no es observar mi sombra al sol y entonar variaciones sobre mi propia deformidad. Y por tanto, puesto que no puedo mostrarme amador, para entretenerme en estos días bien hablados, estoy decidido a mostrarme un canalla, y a odiar los ociosos placeres de estos días. He tendido conspiraciones, insinuaciones peligrosas, con ebrias profecías, libelos y sueños, para hacer que mi hermano Clarence y el Rey se tengan un odio mortal el uno al otro: y si el rey Eduardo es tan leal y justo como yo soy sutil, falso y traidor, a estas horas Clarence está estrechamente enjaulado por una profesía que dice que Gloucester será el asesino de los herederos de Eduardo. ¡Sumergíos, pensamientos, en mi alma! Ahí viene Clarence.

 

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