¡Yo soy epañó, epañó, epañó!

Posted on junio 27, 2012

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Hace cuatro años, cuando una selección de jugadores de nacionalidad española ganó un torneo de fútbol, yo venía de un paseo nocturno. Al escuchar el bullicio festivo en la plaza al lado de mi casa, al acercarme, pensé ilusamente que se había proclamado la Tercera República. Sin embargo, cuando estaba más próximo vi las banderas monárquicas y constaté con cierta decepción mi error.

A la hora del partido de hoy, salía a correr. En la plaza donde años atrás se celebró la victoria había una concentración de cientos de personas, frente a una enorme pantalla de televisión, donde muchos ojos seguían hipnotizados la trayectoria del balón. Hubiese pasado de largo si no fuese porque en más de una ocasión he participado en concentraciones y manifestaciones, con o sin comunicación a la Delegación del Gobierno en Canarias. No había despliegue policial como ocurre en las manifestaciones a las que acostumbro asistir.

Me pregunté si aquella manifestación tendría comunicación a la Subdelegación de Gobierno. Si no la tenía, me preguntaría si algún agente de los Cuerpos de Seguridad se acercaría a los concentrados para preguntarle quién promovía aquella concentración, para sancionarlo por no haber comunicado. Me pregunté además por qué no había furgones-lecheras de la Policía Nacional alrededor para proteger a los concentrados de contramanifestantes o para intimidar los concentrados para que no protestaran fuera de unos límites fijados a veces muy limitativos.

Detrás de estas preguntas concretas hay una reflexión abstracta. El sistema social fomenta la idiotización. Que me perdonen las personas que participen en estas concentraciones. Sé que no es muy amable por mi parte decir que están idiotizados. Sepan que uso el significado etimológico de la palabra, pues “idiota” viene del latino idiōta y del griego ἰδιώτης, con connotaciones de persona desentendida de lo público.

Me explico. Vivimos en una humanidad con graves problemas: personas que mueren de sed o de hambre, que mueren por las guerras promocionadas por grupos sociales que no sufren sus consecuencias por lo menos con la misma intensidad, que verán como un contradictorio sistema social del bienestar decaerá, que comprobarán que las generaciones anteriores consumieron lo que no les correspondía, dejándole sólo los escombros, … Deberíamos identificar como grandes éxitos sociales la eliminación de esos graves problemas. Sin embargo, los pasamos por alto, nos desimplicamos con ellos.

En cambio, la sociedad se empeña en identificar unas victorias colectivas de dudoso merecimiento, pero de simpleza emocionante. Somos incapaces de avanzar en la erradicación mundial de la pobreza o del cambio climático. Sin embargo, nos arrimamos a una celebración porque un grupo de señores en pantalón corto (con los que nos identificamos) son capaces de darle patadas a un trozo de cuero inflable con mayor habilidad que otros señores con los que no tenemos esa simpatía (nacional). Se trata de señores con sueldos millonarios en general (cobran en general veinte veces más que los estigmatizados controladores aéreos por desempeñar una función realmente menos importante). Se trata de señores que participan en el esfuerzo de convencerle de que usted necesita un coche y el mejor de todos es el de la empresa que a él le ha pagado para que se lo diga en un anuncio publicitario en el que le habla con tono de confianza. Se trata de señores que hace dos años se rebelaron contra la petición popular para que renunciaran la prima por ganar un torneo mundial de fútbol, teniendo en cuenta las dificultades económicas que atraviesa el país. Se trata de señores que pertenecen al club social de las personas que tienen asesores para pagar menos impuestos: son muy españoles para obtener su aplauso pero son poco españoles para pagar (porque pueden) una mejora en la sanidad.

En general el sistema hace esfuerzos para que el entusiasmo nacional se eleve. Los medios le hablan de lo que le ocurre a este grupo de gladiadores como si fuera algo importante para usted, mientras le callan que un chaval de 23 años no sabe como continuar sus estudios de Medicina el año que viene con la elevación de tasas y la disminución de las becas; un chaval que podría ser el investigador que descubriese el remedio contra la enfermedad que mató al vecino que usted tanto quería. Las grandes empresas se empujan por ser la patrocinadora principal del equipo de fútbol, aunque tengan que pagar un dinero para pagar los salarios de los jugadores y los organizadores de la federación, las primas de los jugadores, los hoteles, … pues la publicidad les ayuda a vender. Los políticos también se dan codazos por salir en una foto con los triunfadores, pues saben que donde aplauden a los deportistas gloriosos tienen su oportunidad de sonreir sin reproches. Las instituciones le ponen pantallas gigantes en las plazas y le permiten que haga ruido tras el éxito.

Sin embargo, el sistema que apoya tanto esta idiotización, castiga la protesta. A las diecinueve personas que protestamos el día del anuncio del “rescate” porque se recortan los derechos a la sanidad y a la educación, mientras se inyectan millones que tendremos que pagar nosotros para salvar unos bancos, sin pedir responsabilidades a los gestores de esos bancos, las instituciones nos mandaron a la policía para preguntar porqué gritábamos en la calle. En febrero de 2012 en Valencia o en agosto de 2011 en Madrid se le dio rienda suelta a la policía para que impunemente y sin identificación agredieran y detuvieran un par de horas a personas que protestaban porque se practicaban recortes en educación o por una visita papal con toda la boa impropia de la austeridad (falsa) con la se que llenan la boca. Se detuvo y puso en prisión preventiva a una madre de familia por quemar simbólicamente dinero en lugar público, mientras que a Jaume Matas con condena se le suspende la entrada en la cárcel. No sigo con los ejemplos.

Pero en realidad, esta forma de obstaculizar la protesta contra el proyecto de capitalismo más desigualitario o la propuesta de una sociedad más solidaria es todavía bastante leve. Después de desactivar los movimientos de propuesta y protesta durante los setenta-ochenta-noventa-dosmil, la mínima resistencia social es erosionada pero sólo levemente reprimida, pues legitima en un sociedad de dominación por medios de generalización del pensamiento único. En el momento en el que los que obtienen ganancia con la dominación sintieran riesgo para su privilegio, la protesta sería perseguida con mayor crudeza, hasta el momento en el que la protesta obtuviese los apoyos para cambiar el rumbo.

Una sociedad desentendida de los graves problemas, distraída por las estrategias del sistema, que no protesta ni exige, que no escapa a las dinámicas de idiotización, que permite que el sistema use la violencia institucional contra las personas que protestan, … es una sociedad a la deriva, una sociedad zombi dominada por los directores del sistema.

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Posted in: Ética, Política