Cien años hacia la soledad: la modernización de Juncalillo (Uno)

Posted on junio 19, 2012

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Hacía tiempo que no subía a lo alto de mi montaña mágica. En su lomo he pasado muchas horas, más que Jean Castorp en el chaise longe de su hospital, en la montaña suiza. He leído muchos libros en ella. He escuchado mucha radio. He mantenido muchas conversaciones.

Me han calentado aquí los cálidos rayos de sol de los fríos febreros, envuelto en un saco de dormir, como Jean Castorp. Me han despeinado las ráfagas de viento, como la que me acaricia ahora.

Al subir hasta aquí, he comprobado que todos los palmos del terreno guarda para mí al menos un recuerdo inscrito: una conversación imborrable, una accidente deportivo, una comilona con aroma de galleta, un secreto escondite, un gol victorioso, un libro emocionante, una triste noticia, …

El tiempo de mi infancia rural discurrió en este espacio, acotado, por el que transitaba la rutina de los días, a un ritmo propicio para que ocurriese en cada milimetro algo memorable.

La modernidad después me desarraigó. Me alejó de aquella patria a la manera de Valle Inclán, me llevó a residir en ciudades lejanas, con prisas sin rumbo. En lo alto de la nostalgia hoy le dedico unas líneas a un pasado por el que siento un inmenso cariño.

Cuando estoy lejos de la información y de los datos que me suelen rodear, puedo volver a los recuerdos emotivos o acudir a unas reflexiones más abstractas que de costumbre.

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Los habitantes de Macondo pudieron ser vecinos de mi pueblo. Mis recuerdos, como la fantasía mágica de Gabo, se remontan cien años atrás en las historias que me contaron mis abuelos y tíos. De generación en generación el pueblo abandonaba la quietud para acercarse aceleradamen al vacío.

El pueblo de mi infancia

Yo viví en la decadencia de Juncalillo, cuando todavía guardaba alguna semejanza con el esplendor pasado. Por ejemplo, mantenía el pueblo todavía las escuelas rurales, desde cuyos cristales se oía de forma especial la lluvía de invierno. La modernización trajo las escuelas al mundo rural, pero estas instituciones sólo duraron unas décadas, lo que la despoblación y el principio de economía polítca de eliminación de los elementos más costosos tardaron en disolverlas. Mientras duraron fueron un agente de normalización de la cultura de los pueblos, contribuyendo a podar la diversidad de elementos culturales. Preparaba a las nuevas generaciones para su integración en la nueva sociedad, aunque muchos niños no encontraban allí su sitio y sí su fracaso.

Nuestros padres formaban una sociedad que todavía obtenía rentas complementarias de la tierra, aunque en los ochenta ya la mayor parte de la renta del pueblo procedía de salarios de empresas de la construcción con obreros residentes en el campo y del cuidado de los montes. También vivían de las pensiones, cada vez con más peso porque la población envejecía, en la misma proporción que los jóvenes de esa década emulaban a los jóvenes de las dos décadas anteriores y buscaban su fortuna en la costa de los salarios de la agricultura de costa, de la construcción y el turismo. En los ochenta llegaron la pensiones no contributivas y escasas a muchas personas sin más medio de vida que la caridad.

Por la forma en que los mayores hablan de los trabajos que realizaron en la construcción, se puede considerar que fueron usados como carne de explotación. Demasiadas horas, malas condiciones de higiene y seguridad, inestabilidad, salarios muy ajustados. Todavía recuerdo a mi padre saliendo a las cinco de la mañana de casa, después de haber desayunado bien, para desplazarse a treinta-cuarenta-cincuenta kilómetros para trabajar en jornadas inacabables para llegar con la noche entrada.

El pueblo anterior

La integración en ese cosmos de salarios no es muy antigua. Tuvo unos antecedentes décadas antes con la exportación de la pinocha o la construcción de las obras hidráulicas en la zona (presas, pozos y galerías).

Décadas atrás, la economía del pueblo fue más dependiente de la agricultura, la ganadería, la recolección. A su alrededor, se creó una pequeña red de oficios vinculados, como las herrerías, las carpinterías, las zapaterías de remiendo, los vendedores ambulantes… (Salvadorito llegaba cada cierto tiempo sobre su yegua gris, con objetos propios del Melquíades de Gabriel García Márquez para la inocencia de un niño. Me pregunto dónde habrá quedado el añil). Una economía de subsistencia y pequeño excedente que se comerciaba de diferentes formas. Mis tíos siempre me insistieron que aquel precapitalismo provocaba mucha miseria.

La estructura de la propiedad de la tierra y el agua era bastante igualitaria. No había vecinos con riquezas especialmente llamativas. Pero sí había población sin tierras o con tierras insuficientes para obtener suficientes frutos de supervivencia. Se veían forzados a hacer los jornales, que eran una forma protocapitalista en aquellas sociedades. Otras veces el vínculo entre poseedores y desterrados era precapitalista, con contratos de arrendamiento o de aparcería (figuras similares, pero no idénticas).

Dentro de las relaciones sociales de aquel universo había muchos elementos borrados por la imposición de un escenario nuevo. Hoy en día la palabra “criado” la relacionamos con sirviente. En las profundidades de esa palabra para las arcanas generaciones moraba un significado más amplio. El criado era el hijo no alimentado y cuidado en el seno de su familia, sino en otra familia adoptiva que lo criaba. Era un hijo más, al que se le asociaba una obligación quizá mayor de obediencia.

El pueblo posterior

En cambio, mi generación renunció casi por completo a mantener la actividad agrícola y ganadera como principal o secundaria. El modelo en declive desde décadas atrás, tocaba suelo en la tercera generación después de la aparición de la transformación. Donde antaño estaban los paisajes de cultivo, ahora hay un erial. Las vacas, ovejas, cabaras, burros, caballos, gallinas hace años que desaparecieron. Apenas quedan octogenarios, que reciben la visita de sus familiares los fines de semana.

La llegada de los primeros salarios en masa seguramente fuero una de las causas principales del aumento de la población en los sesenta, su cota histórica más alta. Inmediatamente se produjo el éxodo rural contínuo. La costa y la ciudad llamaba a la sobrepoblación. Al mismo tiempo que la costa se abasteció de la mano de obra procedente del campo, la costa capitalista robó la otra gran riqueza de mi pueblo, el agua que había dentro de la tierra. Los pozos y las galerías que trajeron pan por unos años arramblaron por el agua almacenada por los siglos en el interior de la tierra, en otro episodio de voracidad del sistema capitalista, que en pocas generaciones de demografía creciente geométricamente ha agotado gran parte de los recursos que respetaron todas las generaciones precedentes.

Perdido, un mundo rural. El mundo rural de las sociedades de agricultura de subsistencia, con tantas similitudes antropológicas en diferentes lugares, sucumbió por el empuje de un nuevo mundo que con el paso de las décadas se demuestra muy contradictorio con la naturaleza y con el mismo ser humano.

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Lo escrito sólo destapa algunas piezas (sobre todo económicas) del enorme y minucioso mundo desaparecido. No sé si otras veces encontraré la musa para incidir en otros aspectos. Desde luego creo que aquel modo de vida lo merece.

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Posted in: Economía, Historia