La reforma laboral no beneficia a los pequeños empresarios

Posted on marzo 24, 2012

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Cada vez más cerca de la huelga general… Quizá escriba el último artículo de debate con lo que oigo. En una ocasión, conversé con la idea de que la reforma laboral crea empleo. En otra discutí con la opinión de que la reforma serviría para que las empresas se libren de los malos trabajadores. En esta recta final, mi atención ha recaído sobre otra idea errónea muy extendida. Se dice que la reforma puede servir para que las pequeñas y medianas empresas se puedan adaptar a la situación económica adversa.

Como en los casos anteriores entiendo que se trata de una idea poco confrontada con la realidad. En la versión típica que escucho parece que gracias a esta reforma la pequeña empresa podrá despedir libre y gratuítamente a los trabajadores que no pueda mantener. Debe negarse esa posibilidad. Los que creen que la reforma lo permite están equivocados. Quienes crean que eso es necesario van más allá de lo que lo hace la reforma, reclamando un despido libre y gratuito para las pequeñas empresas. Por eso, pienso que este tipo de ideas generalizadas, además de no ser coherentes con la reforma real, demuestran que la endeblez ideológica de mucha gente puede servir para que futuros gobiernos vayan más allá del punto al que han llegado (pues seguirá sirviendo los argumentos de 1. que hay seis millones de desempleados y algo hay que hacer, 2. que hay malos trabajadores que deben ser despedidos para evitar la desaparición de la empresa, 3. que la pequeña empresa necesita reformas laborales).

En primer lugar, hay que decir que la reforma laboral no establece un despido libre y gratuíto sino que permite un despido con indemnización de 20 días por anualidad y 12 mensualidades como máximo con menores dificultades económicas para la empresa (basta con y un despido de 33 días por anualidad (máximo de 24) en despidos por antojo del empresario, sin salarios de tramitación (el despido de 45 por anualidad, 42 mensualidades y salarios de tramitación ha ido deteriorándose con el paso de las reformas).

La otra medida que pudiera parecerse a lo que estas almas (despistadas y reivindicativas de reformas peores) creen que hay en la reforma laboral es el contrato indefinido para emprendedores, que fija en un año el periodo de prueba sin indemnización. Esta nuevo contrato no sirve para que el empresario reduzca el número de puestos de trabajo que la empresa no pueda mantener, sino para rescindir un contrato con una persona que no tiene aptitud y adaptabilidad. Si la empresa usara esta vía para quitarse trabajadores que no se puede permitir estaría cometiendo fraude y el despido sería improcedente, ya que en ese caso en el que el problema no sea la capacidad o la adaptabilidad tendría que usar el despido por razones económicas.

Detrás del concepto que defienden estas personas se repite el modelo de empresa en la que toda la capacidad de decisión es responsabilidad del empresario y los trabajadores no tienen capacidad de participar en la adopción de decisiones, ni en las empresariales (cogestión) ni en las laborales (contrapeso). Como se explicó en el artículo sobre la idealización del empresario, hay que insistir en que en la sociedad hay una idea muy generalizada de que el mérito del emprendedor o empresario para lanzar una empresa al mercado es razón suficiente para que el empresario tenga todo el poder de decisión. En ese esquema en épocas de excesos como el de la burbuja el poder absoluto sirve para acumular gran parte de los beneficios; en las épocas de escasez para despedir libre y graciosamente. Frente a esta idea, parece más positiva la idea de que ese mérito sea compensado, pero de forma limitada, compartiendo la toma de decisiones entre empresario y trabajadores.

Una vez un grupo de contradictores me explicaba que la riqueza de 37.500 millones de Amancio Ortega estaba justificada por ese mérito del empresario que es capaz de fundar una empresa y llevarla al reinado del sector. Es el argumento sobredimensionado que le atribuye al empresario esa virtud nunca suficientemente retribuída. En cambio, no se ve en esa acumulación tan desmesurada de riqueza una distorsión del ordenamiento jurídico, ético, social que sobrevalora ese mérito fundador y minusvalora el esfuerzo de los trabajadores, su explotación y la debilidad del principio de progresividad fiscal.

La izquierda convencional considera que los pequeños empresarios de este país no necesitan contratos milagrosos o facilidades para despedir trabajadores, sino un modelo social que reparta mejor sus rentas entre todos, de tal forma que se estimule la demanda, haya clientes y compras. También expresa que estas empresas también necesitan un crédito que ahora no les llega porque los bancos no usan el ahorro captado o los créditos que ofrece el Banco Central de Europa para trasladar crédito a la economía real, sino para desenmarañar un lío financiero en que se colocaron en la burbuja inmobiliaria y constructora.

En términos generales, la sociedad no necesita reformas laborales sino un modelo económico en el que la construcción y la especulación inmobiliaria-financiera no sean fundamental para recuperar los millones de empleos destruídos. El problema también es de modelo social en el que los grandes rentistas y patrimonios concentran unas rentas que no se orientan a la dinamización de la economía real sino a la especulación en el capitalismo-bingo.

La izquierda actualizada además indicaría que esa expansión del empleo y/o de las rentas precisa de una reorganización económica social para obtener una mayor sostenibilidad hacia las generaciones futuras y una mejor distribución entre los pueblos.

Por ahora las riendas no las llevan esas izquierdas, sino más bien las derechas sostenidas también por la desorientación popular como la que pide más libertad y gratuidad en el despido o en la retribución del trabajo. Si esos despistados quieren ayudar a las pequeñas empresas (que muchas veces no son más que empleados de grandes empresas, encubiertos por el velo de la externalización) mejor harían pidiendo que las medidas anti-“crisis” apunten a esas grandes rentas, patrimonios, empresas o evitando todo lo que puedan el consumo en esas grandes empresas, favoreciendo a la pequeña frutería de la esquina, a la carnicería de más arriba (contra , al hostal que lleva una familia (contra el Hotel Cinco Estrellas), al bar de Pepe (contra el McDonall), al agricultor que vende directamente en su localidad, …

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Posted in: Ética, Política