La idealización de los emprendedores/empresarios

Posted on marzo 12, 2012

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Hay un concepto angelizador de los emprendedores y de los empresarios. Reconozco que yo no tengo clara la diferencia entre esos dos términos. Pero lo que sí observo es la pugna de los grandes partidos por hacerle guiños a esas figuras.

Reconozco su valor a muchos autónomos y a muchas personas que emprenden un proyecto el valor que adoptan para meterse sin la protección de una empresa en esa selva de incertidumbres que es el mercado. Estimo el arrojo que tienen endeudándose e poniendo en riesgo su patrimonio. Igualmente estimo el esfuerzo que pueden hacer y que el empleado se ahorra, cuando se acaba la jornada laboral y ellos tienen que solventar algún problema que no puede esperar al día siguiente, cuando sus jornadas se alargan.

Por todos esos méritos, dentro del modo de sociedad que tenemos comprendo que en esas situaciones el mérito invertido alcance una plusvalía. Pero para que la plusvalía no se desborde mi concepto de justicia social, entiendo que esa plusvalía no puede superar unos parámetros de racionalidad. Es entendible que en un plazo prudente parte de los ingresos se destinen a la reprivatización del patrimonio aportado y que se retribuya el tiempo y la responsabilidad extraordinaria que asume en la dirección y administración de la empresa. Algún incremento patrimonial mesurado debe tolerarse igualmente por el esfuerzo inicial.

Desde luego la gestión de la deuda, del crédito y del patrimonio de la empresa deberían aislarse del patrimonio del empresario. Salvando las tres compensaciones antes enumeradas (recuperación del patrimonio invertido, remuneración de su tiempo adicional y de su responsabilidad, premio a su esfuerzo emprendedor) entiendo que los ingresos ya son de la empresa. Para ir más allá en ese escenario creo que la dirección de la empresa en mi sentido de justicia ya no debe ser privado por el emprendedor, sino en la cogestión con los trabajadores. La representación de los trabajadores no debería estar apartada de la dirección de la empresa y debería tener cauces de participación en una nave que debe mucho, nadie lo duda al esfuerzo fundador, pero también a la suma de esfuerzo.

Ese modelo de empresa no es sólo una ocurrencia de una persona que no tiene nada mejor que hacer que pensar cómo deberían funcionar las empresas. Funciona y se demuestra muchas veces eficaz. En los proyectos cooperativos se diluye aún más las diferencias entre empresario y trabajadores. Son formas de capital pero con menos desigualdad.

Sin embargo, en el mundo en el que vivimos hay muchas fuerzas que prefieren al emprendedor y empresario que crea la empresa y con un ordeno y mando se desenvuelven. Muchas veces hay una ambición de elevar las plusvalías al infinito.

En ese modelo de empresa es normal que surja el conflicto con los trabajadores, que, si bien no pueden participar en la dirección de la empresa, al menor sí pretenden acordar las reglas de la relación de trabajo. En ese escenario los trabajadores se asocian, crean sus órganos de representación, usan con sus medidas de presión para llegar a convenios colectivos que protejan al trabajador individual de una relación desigual con un empresario. A veces los convenios no se hacen en el marco de una empresa sino ya en el sector en el que se inscribe todas las empresas similares.

Se produce una presión normal entre los trabajadores que quieren garantizar unos derechos y los empresarios que quieren magnificar unos beneficios. En el seno de las empresas cogestionadas o cooperativas igualmente habrá conflicto, pero el funcionamiento es más equilibrado.

Cuando se hace el elogio irreal al emprendedor o al empresario parece que nos olvidamos de que entre ellos hay muchos ejemplares cuya cualidad no consiste en haber encontrado una fórmula para satisfacer una necesidad social no cubierta o mal atendida. Hay muchos empresarios con avaricia infinita a quienes poco importan las leyes y viven en la economía sumergida porque allí sus beneficios están libres de muchas mermas, sin compasión por la precariedad a la que somete a sus trabajadores. También hay empresarios con unas nociones empresariales tan pobres que empujan sus empresas inviables por la precariedad de sus trabajadores. Hay empresas semisumergidas que ya cotizan a la seguridad social pero imponen a sus trabajadores jornadas de 14 horas o que pagan medio salario en blanco y medio salario en negro o que pagan por debajo de la cualificación que exigen o que  no se preocupan lo más mínimo de la seguridad e higiene.

Las estadísticas nunca podrán llegar ahí, pero la sensación es que la economía sumergida o semisumergida es muy grande. Esa economía no paga impuestos, no paga seguridad social, no paga salarios debidos, agota al trabajador. Parte de ese coste no asumido se transforma en unos beneficios que se transforman en coches de lujo, en chalets, en dobles y triples viviendas, en unas acciones que aspiran a absorber más beneficios, en una vida de lujo, en unos ambientes selectos, …

Mientras al empresario se le santifica sin ver su lado oscuro se produce una paralela estigmatización del trabajador, generalizando al absentista, al indisciplinado, al inepto o al inadaptado. Justifican la reforma laboral diciendo que no se puede echar a alguien que no vale, cuando la legislación siempre ha dado entendibles vía de expulsión, cuando sea razonada.

Teniendo en cuenta el crecimiento de la desigualdad con los datos de la OCDE o de Cáritas en los últimos años y décadas, parece que el fomento de estas dos posiciones ideológicas lleva a una sociedad en la que cada vez es más claro que se premia demasiado a quien no se lo merece y se castiga con el empobrecimiento a quien no tiene falta (sobre todo al tercer mundo olvidado y a las generaciones de trabajadores futuras). La delegación del pueblo de sus responsabilidad de gobierno en los representantes de los (los grandes se llevan grandes premios) empresarios tiene estas consecuencias.

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Posted in: Ética