Una sociedad participativa: incansables, tímidos, remolones, oportunistas, perezosos, detractores

Posted on marzo 1, 2012

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La movilización social de la Transición fue presa del sopor y más tarde del sueño profundo.  De vez en cuando se desvelaba por la agitación de la conciencia de un retroceso excesivo (No a la Guerra (de Irak), No a las reformas laborales) o por la inducción del sistema (No al terrorismo el 12 de marzo de 2004).

En este artículo hago otro estudio psicosociológico de actitudes sociales ante las movilizaciones. Este artículo se inserta en la red de artículos sobre despistados, reformistas, revolucionarios y desconfiados en la izquierda actual y también sobre aficionados, profesionales, hinchas y desapegados en la política. Últimamente escribí también un artículo sobre la izquierda lamentante, resistente, alternativa y hegemónica.

Pienso que las manifestaciones (de los valores) siempre son un éxito moral de los que participan y un fracaso moral de quienes no, salvo en los casos de falta justificada. Los que participan en las manifestaciones pequeñas, los incansables, siempre triunfan, sobre todo cuando ellos concentran el mérito moral que supone una participación minoritaria. El poder protestado normalmente los llama “los de siempre” o “los del No a todo”. Entre ellos hay convocantes y adherentes, normalmente aficionados de la política y miembros de una izquierda reformista o revolucionaria, en la clasificación de las otras entradas. Ellos son los imprescindibles.

A las grandes manifestaciones se acercan personas sin costumbre, con ideas cercanas a los valores, a veces incluso con ánimo participativo, pero con falta de hábito o con timidez. Son aficionados de la política con algún despiste, pero en proceso de encontrar posiciones más críticas. Ellos constituyen una fuerza durmiente que podría despertar y hacer triunfar. Los que se manifiestan sólo cuando una ola de movilización les arrastra son buenos, pero el mundo no se reorienta con una movilización puntual.

Una actitud próxima a esa timidez es la de los remolones, que necesitan un estímulo para engancharse al carro. Tienen las ideas pero le ánimo participativo no alcanza. Un estímulo positivo puede ayudar a su incorporación.

También hay una actitud frente a las movilizaciones de participación dependiendo de la simpatía que susciten los protestados. Así una parte de los movilizados ante algún tipo de agresión de un gobierno, no lo hacían cuando esas agresiones eran responsabilidad de sus amigos. Es una actitud oportunista. El oportunismo que peor sienta es el de los profesionales, como el de algunos dirigentes del PSOE que participan en las manifestaciones contra la reforma laboral, con tres reformas laborales a sus espaldas. El oportunismo de los aficionados despistados no es tan mal vista. Como sea, la actitud oportunista no mira muy lejos: desgaste del protestado, cambio de gobierno. Es una actitud bastante contraria a la de los incansables, que persiguen algo más unas fotos o un desgaste del adversario del bipartidismo.

Fuera del territorio de los participantes, encontramos la actitud de quienes casi se animan, pero siempre encuentran una razón de ausencia o les falta la determinación suficiente para ceder ante el estímulo positivo, como los remolones. Entramos en el universo de la desafección o la desconfianza.

Es un absentismo pasivo. Luego, hay un absentismo militante, que se esfuerza por desanimar a la participación, ya sea porque tiene unas ideas contrarias, porque es amigo del protestado o no simpatiza con los protestantes.

Quizá el éxito de una sociedad orgullosamente democrática se pueda lograr con las conversión de los tímidos, remolones e incluso oportunistas en incansables. La transformación progresiva de las sociedades depende de la fuerza de esos luchadores infatigables. Para progresar política, económica y socialmente es necesario el éxito del partido de los incansables para que el lamento actual por el retroceso se convierta en una resistencia que lo impida o en una fuerza que imponga un modelo de vida más próximo a los valores.

El pueblo conquistó la calle en la dictadura y en la Transición mostró su fuerza. Los derechos que ahora regatean proceden de aquella movilización. Retomar las calles y plazas con personas conscientes es la forma de mejorar la calidad de la democracia, de establecer modelos de vida participativos de convivencia, sin delegaciones extremas. Tal vez desde allí se pueda fundar con mejor suerte una sociedad más cohesionada y respetuosa con los pueblos del mundo y las generaciones futuras, ya que en el pueblo puede mirar para sí y las dirigencias de las sociedades de democracia delegada miran para quien contribuye con ellos a sostener un sistema en el que son privilegiados.

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Posted in: Ética, Política