Las civilizaciones de las energías fósiles alcanzan su cénit

Posted on febrero 21, 2012

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Hace milenios las personas no necesitaban mucha energía para sobrevivir. Comían vegetales recolectados o animales cazados o pescados, se calentaban al sol, usaban su tracción para su actividad cazadora, recolectora, pescadora. No eran muy diferente de otros mamíferos depredadores, aunque fuera capaz de fabricar herramientas con piedras, metal. Con el fuego prometéico, las personas se separaron más de su origen animal. Introdujeron el fuego procedente de la leña a su vida, para cocinar, calentarse en el frío.

Más cerca en el tiempo, esas personas fueron capaces de domesticar animales y vegetales y de fabricar utensilios de cerámica, o con el metal fundido. A la tracción propia sumó la animal. El agua le permitió mover ruedas de molinos. Se sirvió del viento para desplazarse en el mar o para agitar los brazos de gigantes. Todavía era una especie expuesta a la incertidumbre, pero la civilización progresaba y le dotándole de mayor seguridad. En esa época era capaz ya de alcanzar altas cotas de arte plástico y literario.

El gran salto lo dio cuando se metió en las profundidades de la tierra a buscar el carbón que la geología había formado pacientemente. Usó ese carbón para que el vapor del agua propulsara grandes máquinas en las fábricas, en el campo, en las distancias terrestres (tren) y marítima. En el interior del planeta también halló el petróleo, con el que su progreso tecnológico se revolucionó aún más que con el carbón. El oro negro era capaz de mover las montañas que la fe no. Igualmente consiguió los métodos para extraer energía del uranio, aunque se generaran residuos radioactivos por los siglos.

Otro gran avance fue el descubrimiento de la energía eléctrica, una forma de energía transitoria desde su generación hasta su consumo en forma de luz, calor y muchas otras manifestaciones. Una energía fácil de transportar.

La civilización del petróleo y el uranio permitió a unas pocas sociedades unos modos de vida inimaginables para las civilizaciones anteriores, siempre rozando la insuficiencia. Unas cuantas generaciones del dorado occidente gozaron de una abundancia y un exceso que nunca antes y jamás después pudieron disfrutar más generaciones. Para sostener sus regímenes de derroche fueron precisas las guerras contra los mundos pobres, cuando tenían recursos, o el elevamiento de la temperatura hasta niveles en los que se ponía en riesgo aquel modo miope de vida.

En la Historia de esa época fue llamativo el caso de unas islas situadas en el Atlántico Norte, en el continente africano, tan cerca en la longitud, pero tan lejos en la solidaridad. Cuando llegaban los avisos de la escasez de recursos fósiles, cuando se recomendaba escapar a la dependencia de unas fuentes de energía ajenas y agotables, en aquel archipiélago de intereses particulares victoriosos se embarcaban en construir grandes gasificadoras, en explotar unas bolsas de petróleo contaminante para el espacio marino y sin beneficios para la sociedad. Eran unas islas con un tesoro en su sol y su viento, pero ellas miraban como en los siglos anteriores hacia lo más sucio de su interior.

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