La reforma laboral y el síndrome de Estocolmo de cuatro millones

Posted on febrero 18, 2012

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Que la reforma en muchos aspectos es una continuidad de las tres reformas del 2010-2011 creo que se justificó suficientemente en otro artículo. Es cierto que va más allá (deberíamos estar acostumbrados a que cada reforma sea un paso corto o largo hacia atrás), implanta elementos nuevos (como el nuevo contrato indefinido para pequeñas empresas (con periodo de prueba de un año, con despido gratis) y como la eliminación de los salarios de tramitación en el despido improcedente en el que el empresario elija la indemnización y no la readmisión, un elemento que el PP ha recuperado del decretazo muerto por la protesta social del 2002) y se olvida de otros elementos de la reforma de 2010 (como la ocurrencia de lo que el zapaterismo llamó el contrato austríaco, en el que se creaba transitoriamente una subvención para el despido de ocho días con fondos del FOGASA y se avisa de la instauración de un fondo de capitalización (con incógnita financiación) para rebajar el coste del despido, para la jubiliación del trabajador si no era despedido o para su formación si no era despedido y quería usarlo en eso).

El mayor recorte de derechos con respecto a la anterior reforma se sitúa en la flexibilidad interna unilateralmente decidida. En la anterior reforma Zapatero presumía de reforma laboral para transformar los despidos en modificaciones internas unilaterales, a pesar que que el peso principal de aquella reforma caía sobre el despido. Es cómico escuchar a la actual ministra el mismo argumento que escuchábamos al anterior presidente: nos cuentan como en Alemania la eliminación de horas se hacía con flexibilidad interna y no con despido; por eso lo llamaron el contrato alemán.

A pesar de la gravedad de las contrarreformas y recortes que se hicieron en el periodo 2010-2011, empiezo a percibir un avance de un proceso de indulgencia con el gobierno de Zapatero. Sólo en esta materia habría que recordar que también aumentaron la cobertura del despido de 33 días, que redefinieron concretando el despido colectivo de los 20 días, que facilitaron el despido individual de 20 días por absentismo justificado, que crearon una subvención para el despido que ahora nadie sabe como costear, que facilitaron la flexibilidad interna unilateral en muchas cuestiones, que también cedieron al desenganche del convenio colectivo y potenciaron el convenio de empresa, que crearon un nuevo contrato precario de formación, que suspendieron las normas para evitar el encadenamiento de contratos temporales, que bonificaron contratos. Por si fuera poco, son los responsables de la reforma de las pensiones que tal vez sea modificada también por el PP:  jubilación a los 67, cálculo de la cuantía en contra del perceptor.

En el síndrome de Estocolmo la víctima de un secuestro establece vínculos afectivos con el secuestrador, de tal forma que en la complicidad ayuda al secuestrador o colabora con él. En la película Átame de Pedro Almodóvar veíamos como la secuestrada, al final de la película, le pide al secuestrado que la ate para continuar aquella relación de secuestrador-secuestrada.

En la “democracia española”, el pueblo podía elegir a su captor.  Con el apoyo de una parte suficiente del pueblo éste se libró de aquel que le sometía a lesiones varias y se puso en manos de  un retenedor casi gemelo, un poco más duro. Ahora que el nuevo secuestrador empieza a golpear al secuestrado, una parte del pueblo empieza a olvidar las agresiones del anterior secuestrador y también empiezan a añorar aquella detención.

Me pregunto qué necesita el pueblo español para decidir mayoritariamente una evasión de un sistema en el que los secuestradores se turnan en la retención y la tortura. No sé a qué viene resaltar que los dos recortadores no son exactamente lo mismo. Eso no es relevante, pues mientras uno se viste de azul para robar cien de los mil euros que el ciudadano lleva en su cartera para dárselos a un señor que gana diez millones todos los años, el otro se viste de rojo para robar cincuenta más con la misma finalidad.

Lo relevante del sistema de treinta años es que con uno y con otro vamos hacia atrás a paso corto o a paso largo. Ni siquiera permiten la quietud, ya que sólo les vale el retroceso. Muy difícil es plantear los pasos adelante: abandonar el consumismo; asegurar las necesidades básicas como la comida, la casa, la salud, la educación, la cultura o la atención a personas con dependencia o en situación social de desamparo (vejez, incapacidad, enfermedad, desempleo); mejorar la relaciones con las personas y no con las cosas; gobernarnos a nosotros mismos con menor necesidad de intermediarios; cuidar el mundo para nuestros hijos; tratar sin rapiña a los pueblos perdedores en el juego de las codicias sin valores; amar la casa-planeta que nuestra generación recibió en herencia; …

Hay que romper este encierro en una espiral gris. Podemos no seguir atados a un futuro-anochecer. Mañana es 19 de febrero. Aunque los grandes sindicatos vivan sin ilusión, el sueño puede nacer en un mañana así.

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Posted in: Política