Sociedades inmisericordes con los más vulnerables: relato de una emigración. Retorno de la pesadilla

Posted on diciembre 29, 2011

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… En la entrada anterior.

Ateridos de frío, desorientados, hambrientos, sedientos, sucios, cansados… La patera chocó en las tinieblas contra la arena de una playa y unos potentes focos nos encandilan. Gritos. Se produjo una estampida hacia no se sabe dónde.

La búsqueda del sueño en el que dejas de creer te convierte en un fugitivo permanente. La sociedad no ofrece respiro a quien reclama un hueco en el paraíso que no le fue dado por el azar que impone a quien le toca el lujo y quien cae en la miseria.

Violeta y yo corrimos impulsado por un último hálito de perseverancia. Escapamos a la persecución de la policía y logramos escondernos en un bosque, donde nos tranquilizamos. Estábamos acostumbrados a las persecuciones, pues en Argelia habían detenido a Violeta y en Marruecos me habían detenido y devuelto a Argelia a mí en un par de ocasiones. Pero toda cacería del ser humano provoca una excitación incomparable mientras corres y segregas pánico de que te capturen.

Habíamos llegado al continente donde los sueños se hacían realidad y nos recibían con un anuncio de que no éramos bien recibidos. A partir de ahí vagamos como almas penitentes. Recibimos alguna caridad de subsistencia en la discreción.

Nos incorporamos a otros grupos de nigerianos deambualantes en busca de una oportunidad para trabajar. Sufrimos mucho paro y alcanzamos algunos jornales de explotación en una agricultura clandestina en la que teníamos que estar preparados para eludir las inspecciones que pudieran hacerse. ¿Dónde quedaban ya los sueños de mi hermano de triunfar jugando al fútbol?.

No sólo sufrimos la explotación en el trabajo, haciendo cola temprano frente a las explotaciones para conseguir si había suerte un jornal más bajo que el de los nacionales y sin protección. Dormir era compartir habitación con otras personas en la misma situación. Alimentarse era comer cualquier cosa que llenara suficientemente el estómago. Las relaciones  sociales se limitaban a una vida celosa rodeada de desconocidos. En el ambiente se respiraba la desconfianza contra el extranjero que venía a quitar trabajo o a sobrevivir con el crimen.

No es precisamente una vida integrada y arraigada, como la que desea cualquier persona. Se perciben las fuerzas infinitas que posee la sociedad para expulsar del interior de la abundancia a quienes pueden aumentar el número hasta el límite en el que el exceso tan placido empieza a convertirse en un bastante que no satisface. Lejos de la visión del inmigrante está el rico que nunca está contento con sus billones enfermizos, pero se aprecia como el pobre al que le sobra no reivindica la aportación del exhuberante adinerado y sí mira con mezquindad al vecino.

En esa precariedad se desarrolla la vida del inmigrante sin papeles hasta que un día sin remedio es parado por la policía.

Amablemente me pidieron la documentación. Comprendieron que me encontraba irregularmente en territorio español, infracción de la ley sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social. Esa infracción puede sancionar con multa de 500 á 10.000 euros, pero también con la expulsión. Decidieron abrirme el expediente de expulsión. Al mismo tiempo estimaron el riesgo de incomparecencia por carecer de domicilio, por lo que el juez de instrucción decidió mi internamiento en un Centro de Internamiento de Extranjeros. No sé si saben, pero en esos centros pueden retenerte hasta 60 días, plazo en el que normalmente deben efectuar la expulsión.

Aunque las deficiencias de los centros de internamiento se han denunciado, nadie ha procurado su corrección en muchos años. Parecía una cárcel. A la entrada me sometieron a un desnudo integral. No dejaban usar el teléfono móvil. La habitación era compartida con demasiados compañeros. Me llamaban por un número. El edificio estaba en mal estado y la higiene era mala. El agua de las duchas era frío en pleno invierno peninsular. En las visitas de Violeta no me permitían estar a solas y sin barreras con ella. La atención sanitaria era inusual aunque en aquellas condiciones de retención no faltaban los resfriados, los contagios. Fueron 43 días de encerramiento en esas condiciones, hasta que resolvieron mi expulsión.

Diez meses de calvarios. Un hermano muerto en el desierto. Los ahorros mío y de mi hermano invertidos en una mala ventura. Dos años de explotación y de vida esclava en la clandestinidad. Un entorno hostil. Un encierro de 43 días en condiciones infrahumanas.  Una separación de mi mujer. Tres años de mala vida. Una sensación de vaciamiento en el alma. Vuelvo con una vida rota y sin ilusión.

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Posted in: Ética