Navidad sin regalos

Posted on diciembre 26, 2011

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9 de enero de 2012, en un lugar de España.

Yo sigo limpiando casas sin contrato ni protección social y Carlos lleva ya tres años en el paro, desde que la promotora-constructora-inmobiliaria dejó de vender sus pisos y dejó de pagar a los trabajadores. No cobra la prestación pero ayuda el subsidio por las responsabilidades familiares. Con lo que gano, el subsidio de Carlos, la austeridad con la que siempre hemos vivido, la hipoteca casi pagada en los años de bonanza y alguna ayuda de los abuelos, seguimos pagando las cuotas de la hipoteca, los servicios de agua y luz, los alimentos del mes, el cole de los niños, los imprevistos. No da para mucho más y tampoco lo pretendemos.

En el barrio hay familias mucho peor. En nuestro barrio siempre han vivido los trabajadores humildes. Me temo que ahora es un barrio principalmente de parados, muchos de ellos jóvenes, muchos de ellos sin esperanza de encontrar un hueco laboral. En muchas familias somos las mujeres quienes traemos algo de dinero a la familia de la economía informal o ellos consiguen también alguna chapuza en la que sacan cuarenta euros de jornal, también sin protección; alguno ha sufrido ya un accidente de trabajo en esa situación. En alguna familia viven con la prestación de jubilación del abuelo. En el piso de arriba viven de la prestación económica de 520 euros para cuidados en el entorno familiar a dependencia de un hermano con autismo dictaminado como gran dependencia de nivel 2 por los servicios sociales.

Para nosotros, la situación en la que estamos inmersos ha sido una lección positiva. Nunca practicamos un consumismo sin medida; nunca tuvimos que pedir uno de los crédito para el consumo que nos ofrecía insistentemente el banco; mantenemos desde hace doce años el Ibiza, aunque nadie lo admire y no podamos presumir de gran turismo; nuestra ropa siempre nunca miró a las modas, sino a la necesidad y al gusto que tenemos; no viajamos a lugares exóticos con intensos planes de ver edificios, museos y monumentos; comprábamos la fruta donde Julianita y la carne en la casa de Manolito. Ahora descubrimos que las ideas de sobriedad inculcadas por nuestros padres nos salvaron de la trampa en la que se han visto atrapados muchos vecinos. En esos años ganaban menos en casi todos los trabajos, salvo en la construcción, trabajaban más, se endeudaron con facilidad para permitirse lo que sus salarios no alcanzaban, se hicieron esclavos de un engaño, de la envidia consumista, de la publicidad, de la moda tecnológica, de un encarecimiento irracional de todos los precios, especialmente el de la vivienda.

Hemos querido ir más lejos en nuestro aprendizaje y nuestra liberación. En estas fechas de compras y regalos, nos hemos ido al pueblo con mis padres. Carlos estaba de vacaciones en el curso en el que aprovecha su tiempo y los niños también disfrutaban su descanso escolar. Yo he bajado al trabajo y subido cada dos días y los fines de semana. Al pueblo débilmente llega ese decreto social de los regalos. Hemos hablado con los niños de lo que es verdaderamente importante en esta vida. En los años anteriores los regalos eran un objeto interpuesto entre las personas. Este año entre nosotros el lazo de la compañía era más estrecho, menos distraído.

Al regresar, también en el colegio, a los niños les han preguntado como no podía ser de otra forma qué les han regalado. Ellos nos han llenado de emoción porque han sabido responder mejor de lo que pudiéramos alcanzar a imaginar. Han respondido que les habíamos regalado una Navidad verdadera.

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Posted in: Ética