Sola en el año 2050 (Distopía)

Posted on noviembre 20, 2011

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Vivía sola. No tenía que pagar la escuela de ningún niño. Su madre había podido estudiar en la universidad, porque en la época de ella había una universidad todavía asequible y unas ayudas al estudio que lo posibilitaban. Pero su madre no le pudo costear el precio de una universidad que los había aumentado, porque también habían desaparecido las becas desde antes de ella nacer.

Su trabajo temporal en un supermercado del centro le daba para sostener sus gastos de alquiler de un pequeño y austero estudio en las afueras de la ciudad, transporte, comida. El pequeño estudio era frío pues la calefacción había desaparecido progresivamente de las casas de los trabajadores y parados cuando el precio de las energías fósiles se incrementó por encima de los 300 euros el barril,desde hacía varios años. Procuraba ahorrar algo porque nunca sabía si al final de su contrato le iba a aparecer pronto una nueva fuente de ingresos o si tendría que sobrevivir con esos ahorros una larga temporada de racionamiento, ya que en su país no había protección para los desempleados como en los tiempos de su madre.

No miraba a su vejez porque todavía le faltaban unos años, pero sabía que lo pasaría bastante mal ya que hacía años que había desaparecido también la raquítica protección que daban a algunos mayores de setenta años, que no eran muchos porque la esperanza de vida se había estacionado en los 63 años desde que ella era una niña. En la ciudad se veía a bastantes viejos en la indigencia pues ya no eran contratados porque no tenían suficiente habilidad, no tenían socorro familiar ni un ahorro suficiente para aguantar los años de vida en ese purgatorio de desposeídos. No obstante, convivían con otras formas de exclusión, incluídas las familias enteras caídas en desgracia,muchas. En la zona donde ella vivía, había pequeños poblados de marginación y pobreza con niños harapientos y malnutridos correteando en los horarios en los que deberían estar en la escuela, ya no obligatoria ni gratuita.

No enfermaba jamás. Sabía que no podría permitirse pagar el médico y las medicinas. Siempre que había pasado por alguna gripe había acudido a trabajar si tenía empleo porque lo normal era que echasen a quienes fallaban independientemente de las causas. No había lazos de confianza entre las grandes empresas que se habían hecho omnipresentes y sus trabajadores. Tres años atrás se había notado un bulto en un pecho, se asustó y acudió a la clínica privada donde hacían descuentos a los empleados de su cadena de empresas, pues ella no había suscrito el seguro de enfermedad porque le disminuía considerablemente el sueldo, ya por sí bastante bajo. Descubrió que la salud era un lujo fuera de su alcance: le cobraron 50 euros por una consulta de atención primaria en la que se limitaron a orientar la atención especializada; 100 euros por una primera atención del ginecólogo, que se limitó a encargarle una mamografía, que le costó otros 100 euros; finalmente en una la cita de valoración el ginecólogo la tranquilizó al decirle que no era nada peligroso, por 50 euros; le recetó un fármaco por el que tuvo que pagar 50 euros más. 350 euros en total, más de lo que ganaba en dos semanas.

Desde su etapa escolar le había gustado leer, pero la lectura no era un bien abundante. Hacía décadas las bibliotecas públicas habían cerrado por falta de presupuesto para su mantenimiento. Muchos libros fueron tirados a la basura y rescatados por los rebuscadores, personas que en los vertederos recuperaban objetos con algún valor y los vendían al mejor precio posible en unos mercados informales de la ciudad. Ella adquiría alguna vez uno de esos libros rescatados, si le parecía que merecía la pena, pues no podía permitirse comprar a ciegas.

Su tiempo de ocio era poco porque su jornada de trabajo era de doce a catorce horas y su tiempo de transporte de dos horas pues el transporte público era infrecuente, incómodo, caro y el privado sólo existía para quienes podían permitirse el alto precio de los combustibles. Lo dedicaba más bien a ver en un pequeño televisor, un elemento que milagrosamente subsistía en la vida del habitante medio de ese tiempo, una programación de divertimento. Hacía tiempo que la información había desaparecido de las parrillas. Los presidentes eran desconocidos para los trabajadores; sus decisiones eran comunicadas por otras tecnologías a quienes ocupaban puestos de dirigencia económica, que elegían a los órganos representativos y de alta dirección política, ya que había que apuntarse en un censo electoral con una tasa electoral que en la situación de precariedad ella no se podía permitir. Las otras informaciones que décadas atrás solían compartirse tendenciosamente con las clases populares habían desaparecido porque no tenían audiencia y se habían sustituído por crónicas de las vidas de personas extravagantes, por series televisivas con historias de ricos en mansiones, por resúmenes de logros deportivos, breviarios sobre guerras en países cuya existencia se desconocía.

Hablaba con muy pocas personas. Las vidas se habían colmado de soledad. No había confianza entre los trabajadores, precarios, parados, pobres, indigentes. Todos reconocían en el que podía ser un hermano a un posible delincuente, ya que la delincuencia de cuello azul se había generalizado en la saturación de miseria. La riqueza no era visible para todos ellos. El centro de las ciudades se había degradado, en él se habían quedado los pocos miembros de las clases medias que no habían sido empobrecido demasiado. En las periferias habían crecido barrios de pobres y residenciales de lujo. Ninguno de los mundos sabía muy bien del otro.

No era consciente de su desahogo porque pagaba pocos impuestos. Desconocía que el hombre más rico del país tampoco pagaba impuestos significativos, ni le importaba. Casi no sabía que había hombres así de ricos, era tan sólo una intuición inspirada por las conversaciones que había escuchado de niña.

Thomas Hobbes: ” La vida de los hombres (sic: “y mujeres”) es solitaria, pobre, sucia, brutal y corta”.

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Posted in: Ética, Historia