La crisis de sostenibilidad que se oculta tras la crisis de sobreproducción, distribución desigual, financiarización

Posted on septiembre 20, 2011

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Últimamente la palabra crisis se ha convertido en una palabra muy frecuentada en los medios de comunicación o en las conversaciones entre compañeros de trabajo, familia, amigos. La crisis tiene como manifestación más evidente la recesión o el estancamiento del crecimiento de la actividad económica, que ha empujado al paro a unos cinco millones de personas que quieren trabajar en este país o que dificulta la supervivencia de pequeñas empresas, sin clientes y sin financiación. Algunos economistas críticos lo ven como un problema de insuficiente demanda debido a la reducción de rentas de las clases populares, pero empieza a ser notorio que el aumento de productividad supone una prescindibilidad de millones de trabajadores, muchas veces en los países menos competitivos.

Otra representación muy grave de la crisis es el constante acoso al débil estado del bienestar español, con la caída de los ingresos públicos (por las reformas tributarias a la baja, la permisividad con el fraude y por la aminoración de la recaudación debido a  la disminución de la actividad económica) y el ajuste del gasto al techo menguante de los ingresos, con la inflexible mirada de los “mercados” y de las instituciones especializadas en traducir los oráculos de los primeros. Detrás de estos hachazos hay una insolidaridad destructiva de los que deberían contribuir más al sostenimiento de los gastos públicos, pero también una oportunidad de negocio para quienes ganan parte de sus fortuna de la usura a personas y estados y para quienes quieren convertir los derechos sociales en mercancías, atacando hasta el centro neurálgico del sistema social (educación, sanidad, pensiones). En esa distribución gradualmente más desigual se produce la disminución de la demanda de quienes no reciben ayuda pública, lo que contribuye a disminuir la producción, la actividad, el empleo, pues se necesita menos trabajadores para producir (alza de la productividad) y no se demanda en la misma medida.

En la pequeña relación de crisis, por supuesto podemos identificar la contracción financiera desencadenada por la exuberancia irracional de la multiplicación del dinero con fórmulas financieras jamás exploradas por la humanidad. En tres años hemos visto como los activos más inflados de la economía española, inmuebles y valores en la bolsa, retornan a los niveles solamente superables en una creación monetaria infinita y una atracción de especulaciones de todos los países. Sin embargo, casi todo el caudal monetario sigue fugándose de la economía productiva a la financiera, en lo que se ha llamado financiarización; así, mientras en la economía real se produce con menos trabajadores y con menos demanda, gran parte de las rentas generadas acaban en manos de inversores que no las devuelven a la economía real, sino que juegan con ellas en el casino de las burbujas. Esos capitales de bingo piden a los estados más alimento, más intereses por la deuda pública, hasta asfixiar al huésped de su condición parásita.

Bajo estas estas crisis de los modelos de producción, distribución social y financiación de la economía, se esconden otras crisis que no son actuales ni inminentes, pero que se pronostican hace tiempo y se acercan inexorablemente. Hablo de las crisis ecológica (el efecto invernadero, la desertización, la deforestación, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de bancos pesqueros, el peligro de las armas de destrucción masiva de las potencias, la energía nuclear civil o militar, …) y energética, muy relacionada con la anterior (pues el capitalismo en el que se han desarrollado las fuerzas de producción ha dependido de unas energías fósiles, sucias y sobre todo agotables).

Si miramos la Historia de la Humanidad con una gran perspectiva, podemos ver como en la mayor parte de la trayectoria de nuestra especie (unos dos millones de años) fuimos una especie depredadora pero no muy aventajada en la lucha de las especies. A medida que consolidó la cultura, la humanidad se fue convirtiendo en una especie con una superioridad en aumento. Pese a todo, sólo hace ocho milenios que nos convertimos en una especie cultivadora de tierras y domesticadora de otras especies. Todavía en esos modos de supervivencia de la especie el impacto en la naturaleza era moderado. Han sido los últimos tres siglos de la industrialización y el capitalismo los que han desenvuelto un excesivo poder transformador y destructor de su hábitat de la especie humana. El impacto de nuestra acción ha crecido de forma acelerada.

Las últimas generaciones occidentales hemos consumido recursos y perjudicado al planeta con una irresponsabilidad histórica demasiado grave. Todavía no nos hemos dado cuenta de forma general. Hemos condenado a las futuras generaciones y a los pueblos excluídos del desarrollo y del reparto a unas condiciones de vida peores que las nuestras. Luego, nos sorprende que los habitantes de esos países quieran inmigrar a nuestro mundo. Llegamos hasta el uso de las bombas y las muertes para saquear a esos países y sostener nuestro modo de vida y los beneficios de quienes, en nuestro modelo, acumulan, en la desigualdad interna de los países ricos, la mayor parte de la riqueza.

Si miramos las tablas de la huella ecológica vemos cómo en nuestros países ricos cada habitante consume varias veces, hasta doce veces, los recursos que le corresponderían para que el sistema fuese ecológica y energéticamente sostenible. Los españoles casi consumimos anualmente seis veces lo que nos corresponde. Siempre he mirado con admiración a los países escandinavos, pero en el consumismo voraz son tan decepcionantes como las otras naciones occidentales.

Por este camino vamos hacia un batacazo. Pero no es fácil evitarlo teniendo en cuenta la superficialidad de la conciencia actual. Más o menos sabemos que el lujo tonto del aire acondicionado no se lo podría permitir el planeta a todos sus habitante durante generaciones. Sin embargo, no faltan compañeros que lo encienden y es mayor su satisfacción por el fresco que su remordimiento de conciencia por usar parte de la energía de un somalí y de un tataranieto. Son millones los ejemplos de nuestra vida cotidiana como el del aire acondicionado.

Seguramente es tarde, pero la conciencia y la coherencia debe extenderse. Debemos reflexionar individual y colectivamente sobre los comportamientos en nuestras vidas que podemos evitar para rebajar la carga que le imponemos al planeta que nos legaron las generaciones pasadas para que la compartamos con todos los pueblos de la Geografía y la generaciones de la Historia futura.

Les dejo un vídeo de Carlos Taibo, que ha estudiado la necesidad del decrecimiento muy bien y sabe explicarla mucho mejor que yo. Sólo quiero decir que en el combate contra el Neoliberalismo debemos incluir esto principio de austeridad, entendido en su perspectiva ecologista e igualitaria.

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