Ejercicio de memoria histórica en un pueblo campesino

Posted on agosto 14, 2011

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En “¿Por quién doblan las campanas?”, de Ernest Hemmingway, Pilar hace un relato sobrecogedor a Robert Jordan sobre los sucesos del inicio de la Guerra Civil en su pueblo abulense. Los republicanos se apoderan del pueblo y ejecutan a los vecinos fascistas, empleando una enorme crueldad, embriagados de alcohol y odio. Pilar termina de esta forma:

Entonces volví a meterme en la habitación, volví a sentarme y no tuve ganas de pensar siquiera, porque aquél fue el día más malo de mi vida hasta que vino otro peor.

—¿Y cuál fue el otro? –preguntó María.

—Tres días después, cuando los fascistas tomaron el pueblo.

Pilar promete contárselo a Robert Jordan en otra oportunidad, pero la narración de ese día horrible no se realiza en el resto de la novela, dejando insatisfecho a un lector como yo.

Este fin de semana me he ido al pueblo donde me pasé los primeros dieciocho años de mi vida y a donde vuelvo para visitar a la familia y a los recuerdos (regreso a la novela Camino de Delibes mientra escribo esto).

Juncalillo es un pueblo de la medianía-cumbre de Gran Canaria, cerca de Artenara. Sus habitantes históricamente vivieron de la agricultura de subsistencia y de exportación de pequeños excedentes al resto de la isla, que cambiaban por productos que no se daban en el pueblo. Tenía un recurso natural prodigioso, su agua, que fue usada por varias generaciones para el pequeño cultivo con una cultura tradicional del agua (captación de nacientes o corrientes, almacenamiento en cuevas-estanque, conducción por acequias, riego por inundación a través de los surcos).

La actividad agrícola era complementada con la ganadera, sobre todo vacuna y caprina, aunque también había ganado de ovejas y bestias (burros, mulas, caballos) que ayudaban en la labor, cerdos, gallinas, palomas. Una pequeña artesanía transformaba los productos obtenidos en la agricultura y en la ganadería, muchas veces dentro de la misma unidad familiar (una quesera, un molino de mano, un horno de pan). Con el tiempo aparecieron los molinos de agua y la panadería del pueblo en una evolución hacia la división social del trabajo. Había también un comercio menor dentro del pueblo, con pequeñas tiendas.

La sociedad del pueblo era muy igualitaria. Había familias con propiedad de tierra y agua, los labradores, pero la producción de la pequeña propiedad no alcanzaba muchas veces para el sostenimiento familiar, por lo que alguno de los miembros tenía que buscar jornales de complemento fuera de la producción minifundista. Otra parte del pueblo no tenía propiedad y su renta procedía  exclusivamente de los jornales obetenidos en las actividades por cuenta ajena, jornaleros. Pese a todo, no había una acumulación significativa de tierras o turnos en la captación de agua, de riqueza.

Fue en el siglo XX cuando el capital insular aliado con el internacional posó sus ojos avariciosos en el recurso natural que tenía Juncalillo, pueblo al que me gusta llamar Macondo porque las historias de su gente me recuerdan a las historias del pueblo de Cien años de soledad.

En ese siglo se hizo una gran presa, para recoger el agua corriente por el barranco, una intervención con poco impacto económico, social y ambiental. Sin embargo, en una segunda fase, como en otros puntos de la isla, se hizo una multiperforación en el acuífero, con pozos y galerías. Fueron dos o tres décadas de grandes obras en el pueblo, obras que dieron trabajo durante unos años, pero esquilmaron al pueblo de su recurso natural principal. El agua que brotaba en las nacientes se trasladaba a la costa para mantener el riego de la agricultura capitalista de exportación, plátanos, tomates y flores. La agricultura tradicional de Juncalillo quedó impedida. El agua igualitaria de un pueblo se convirtió en agua de enriquecimiento de productores y exportadores de la costa.

En las décadas de los sesenta-setenta-ochenta, su población fue descendiendo por la expulsión de unas tierras ahora improductivas y la atracción de los sectores agrícola, constructor y turístico de la costa. Los que se quedaron sobrevivían con empleos forestales y de construcción en los alrededores. El pueblo se quedó con unos pocos habitantes, en número siempre descendente.

El fin de semana he querido hacer un primer ejercicio de microhistoria (como la del molinero Menocchio de Carlo Ginzburg) hablando con los ancianos del pueblo. Quería conocer cómo fue en mi pueblo el inicio de la Guerra Civil, para compararlo con el relato de Pilar en la novela de Hemmingway.

En Canarias el inicio del Movimiento se adelantó al 17 de julio. Desde Canarias partió Franco para la península. En Canarias hubo un control inmediato de los alzados. La resistencia en las islas no alcanzó un volumen de acciones tan elevado como en otras regiones. Hubo intentos de huelgas, de guerrillas, de lucha en la clandestinidad. La correlación de fuerzas entre los golpistas y los grupos de resistencia fue tan desigual que estos no tardan en sucumbir. Hubo detenciones, concentración, trabajos forzosos, desapariciones, ejecuciones, lesiones, purgas administrativas, …

Entiendo que la tónica en mi pueblo fue semejante a la de las áreas rurales de las medianías y las cumbres. No había mucha educación, cultura, implicación, militancia, pasión política. Duante la República el pueblo no estuvo caracterizado por su participación política. En el inicio de la Guerra Civil no había piezas para formar focos de resistencias. No había base para una resistencia política al régimen en implantación violenta, ni había una fuerza interna represora de actitudes políticas favorables a la República anteriores al Golpe.

Por eso, en Juncalillo no hubo acciones de rencor como las que narra Pilar. Me han contado que más adelante sí aparecieron en el pueblo algunos vecinos falangistas que ejercían de policía política. Estas personas daban palizas a quienes se reunían y hablaban en contra del régimen. El maestro de escuela del pueblo fue purgado por sus ideas políticas, pero ni los viejos ni su nieto saben precisarme qué ideas defendió aquel hombre tan admirado por los viejos, que fueron niños en aquellos tristes momentos.

Lo que más recuerdan de esta época es el hambre que pasaban quienes dependían de unos jornales que no se contrataban. Requisas y cierre de las importaciones parecen ser la causa. También recuerdan los reclutamientos de jóvenes para llevarlos a hacer la guerra contra los defensores de una República legítima.

En mi pueblo, mis bisabuelos, abuelos y tíos no tuvieron la terrible suerte de sufrir una dura represión. Otros lugares pasaron por unas experiencias muy crueles. La historia de las represiones se ha repetido demasiadas veces en el tiempo y en el espacio. Nuestra compasión debe estar con las víctimas. 


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Posted in: Historia, Literatura