El cielo está reservado para los especuladores

Posted on agosto 9, 2011

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El 18 de julio (perdón… de agosto) viene el Papa a Madrid. Las visitas de un Papa no suelen ser discretas, menos en un país con antecedentes católicos tan arraigados y proyectos de reconquista religiosa de los espacios ganados por el principio de separación de religión y política. Para la celebración de la Jornada Mundial de las Juventudes (Católicas), el Estado ha puesto a disposición de la jerarquía y de los feligreses muchos recursos públicos; también hace descuentos fiscales a las empresas que patrocinan el evento, con una declaración institucional de Acontecimiento de Excepcional Interés Público. Se ha calculado en 50 millones el gasto público para un evento religioso confesional en un estado aconfesional. En otros cálculos la broma sale por 100 millones.

Me pareció importante conocer la opinión de Dios sobre esta efeméride. Para eso me trasladé al cielo. No fue barato, porque han subido el precio del transporte público estos días (metro, tranvía, autobús), como otros servicios públicos, aunque los salarios hacen tiempo que bajan en la realidad, una bajada escondida en el mantenimiento de la nominalidad. Por cierto, para los participantes en la celebración juvenil católica hay unos billetes especiales a menor precio. Pensando en todo esto llegué.

Había una larga cola de gente que quería entrar para establecer allí su residencia. Era lenta. Delante de mí, había un señor muy bien vestido con traje y corbata. Al llegar su turno, San Pedro le preguntó su oficio. Respondió aquel, orgulloso, que era especulador, que había especulado durante años con el suelo y la vivienda y las acciones, pero que se había pasado al sector de la especulación con los títulos de deuda, pues era lo que daba más dinero. Por lo relatado también había tenido experiencia en creación de empresas ficticias que realizaban trabajos fantasmagóricos a Administraciones Públicas que se pagaban con dinero público real.

San Pedro puso un mal gesto. El hombre vestido de negro lo percibió con preocupación y le preguntó cuál era el inconveniente. El portero le explicó que no se admitían a los especuladores financieros en el cielo. “Algo se podrá hacer; digo yo que se podrá arreglar con algún milloncito. Jeje. ¿Me entiende?” – inquirió el hombre rechoncho. San Pedro resopló. Le contó que desde que se había despenalizado el cohecho en el cielo había recibido tantos millones, trajes, coches Infíniti, que ya estaba saturado. “No puede ser. Las plazas para especuladores financieros ya están ocupadas” – expuso el cancerbero con más razón que un santo.

El hombre con un reloj de oro, que una vez intentó sin éxito regalar a un presidente de partido que también ejercía como presidente de un gobierno (pero el regalo se intentó hacer a título de presidente de partido, que conste), se inquietó. Hizo ademanes de estar contrariado. Preguntó cómo podía haber tantos especuladores financieros si Jesucristo había dicho que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al Reino de los Cielos”. Mostró su disgusto levantando la voz: “¡Debe haber un error!. Usted no sabe con quién está hablando”.

San Pedro, con tantos siglo de edad, ya ha alcanzado esa gravedad en que el ánimo no se altera. Le explicó como los ricos se habían ganado históricamente la anuencia de los sucesivos Papas. Los ricos habían contribuído mucho a la persistencia social de la Iglesia y muchos Papas procedían de ese estrato social. Los Papas eran muy agradecidos con ese histórico servicio. Por eso, habían entrado tantos hombres ricos y se habían agotado las plazas, precisamente hacía unas semanas con tanto suicidio de especulador arrepentido.

Pareció entender el hombre, mientras cerraba el maletín de cuero negro, en cuyo interior antes había palpado, cuando había ofrecido una dádiva. Ahora se le notaba analítico y reposado, buscando una solución. Expuso que antes de volverse a los negocios había probado su entrada en la política, pues un partido lo veía como un buen ministro de economía. Preguntó si había más posibilidad alegando esa profesión…

San Pedro parecía empezar a cansarse de la insistencia del especulador financiero, empresario, político. Le contó esta vez que tampoco quedaban plazas libres para ellos. Volvió a irritarse el hombre de piel morena-rayos-uva, mientras miraba el brillo de sus zapatos. Le argumentó que tantos políticos no podían tener cabida en el cielo, ya que continuamente pecan contra el mandamiento de no mentir, ya que en las campañas prometen y en el gobierno se desdifrazan, desatan de los ciudadanos y obedece el dictado de hombres como él. Sonó una carcajada de anciano bimilenario. Le expuso como los Papas intermedian también por ellos ante la presión de los ricos. No le entendí muy bien esa parte, porque a los dos mil años se verbaliza como Fraga a los ochenta, pero creo que le relató que los hombres ricos están muy contentos con los hombres de la política porque le hacen muy buen servicio en la labor de gobierno. En un principio tampoco querían darles muchas plazas en el cielo, justificando que para eso ya le daba puestos de altos ejecutivos en las empresas privatizadas al terminar la carrera política. “Además, los hombres ricos le recuerdan a los hombres de la política que ellos habían llegado al poder gracias a la influencia de los medios que ellos costeaban y a los créditos, que a veces no pagaban, a los partidos en campaña” – prosiguió la explicación el venerable guardapuertas. No sirvió de mucho esa argumentada negativa, por lo visto, ya que los hombres de la política suplicaban: “Jo, no me merezco el castigo eterno”. Finalmente, los hombres ricos accedieron a pedir al Papa una intercesión por algunos de ellos.

Parecía que el especulador asumía la inaccesibilidad del cielo. Hizo otro intento, mientras le daba una calada a un puro y lanzaba el humo a la cara jubilado, que lo soportó con resignación cristiana. “Podría donar mi dinero, hacerme pobre y encontrar plaza segura”. Ahora San Pedro puso cara asombrada. “No, hombre. Los hombres pobres no entran en el cielo. Antes sí, pero los hombres ricos se molestaban porque decían que siempre estaban quejándose y los Papas decían que seguramente eran apóstatas, estableciendo una presunción iuris tantum de apostasía. Con tanto pobre, decían, el cielo olía bastante mal. Por eso se aprobaron leyes de acceso, tomando como modelo las leyes de extanjería de los países enriquecidos de la tierra. Sólo de vez en cuando, cuando hace falta alguien que arreglase algo, se les deja entrar irregularmente a unos pocos. Eso provocó una avalancha de accesos ilegales desde el Infierno, pero se arregló con un convenio con el Purgatorio, donde su policía hace una buena labor de control de fronteras a cambio de unos beneficios para los regentes en forma de ayuda oficial al desarrollo”.

Sonrió el capitalista. “Ya sé lo que puedo hacer. Lanzaré el rumor de que la deuda pública del infierno se devaluado y que para comprarla hay que bajar a él, ya que esos títulos no cotizan en el casino del cielo. Seguro que funciona”.

Se fue dando brincos de alegría. Llegó mi hora. San Pedro me dijo que Dios no recibía visitas. Me sugirió que lo hablara con un Papa que no estaba porque había sido invitado por un presidente italiano a una fiesta en Cerdeña. Me fui más intrigado por la historia del capitalista que dolido por no haber podido hacer la entrevista primicia divina. Me quedé para saber el final del cuento.

Al día siguiente, volvió el especulador. Hizo la cola tranquilamente. Al llegar su vez, preguntó:

– ¿Qué, Peter?. ¿Cómo va, amigo?.

A San Pedro no le gustó mucho el repentino tuteo. Sin embargo, le respondió que todo había salido según el especulador había programando. “Todos los especuladores financieros, la mitad de los políticos y algún Papa se han dado de baja en el padrón celestial. Ya puedes entrar en el cielo, pero hazlo ya porque la lista de espera era muy larga”.

El especulador, pensativo, le replicó: “¿Sabes?. Ayer, después de lanzar el rumor, me pasé por el Infierno y compré varios billones de deuda pública a bajo precio. Cuando aparezcan estos rapaces e intervenga el Banco Central de Lucifer para bajar la prima de riesgo con el Limbo a 300, venderé y habré ganado un 25%. ¡No puedo perder esta oportunidad!”.

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Posted in: Economía, Política