En el blog se ha intentado realizar una serie de estudios sobre las principales figuras del sistema tributario español para comprobar como las reforma tributarias durante el periodo democrático han tenido un cariz regresivo y una consecuente insuficiencia de los ingresos para sostener un gasto social bastante reducido en comparación con otros países europero. Los tres impuestos más importantes de nuestro sistema por su volumen de recaudación son el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF), el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA) que en Canarias es sustituído por el Impuesto General Indirecto Canario (IGIC) y el Impuesto de Sociedades. Las conclusiones de los estudios realizados hasta ahora son claros. Se ha disminuído la tributación a los rentistas más importantes con una merma de la progresividad, se ha castigado las rentas del trabajo sobre las rentas del capital, se ha impuesto mayor carga al consumo general frente al consumo de lujo.
Secundariamente se ha estudiado las hipocresías fiscales del PSOE cuando habla de progresividad fiscal, pues, con los hechos en la mano, es el partido que más ha deteriorado los principios de progresividad y suficiencia del sistema tributario. Los devotos de este partido, los que tengan fe en su discurso fariseo tienen ahí los datos y enlaces para estudiarlo por sí mismos. Mientras ha degenerado tanto el sistema tributario, se llena la boca con el discurso hueco de progresismo fiscal al hacer una proposición no de ley sobre un Impuesto sobre las Grandes Fortunas (con una recaudación y un corrección de la progresividad ridículas con respecto a la pérdida de recaudación y de progresividad producida por sus medidas de los noventa, de 2006 y de 2009) o su moción en los ayuntamientos para que el Gobierno cambie la Ley de Haciendas Locales y denuncie los Acuerdos con la Santa Sede (sic) para cobrar el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) a la Iglesia, cuando, en el Gobierno, fue el partido que estableció el sistema de ayudas a la Iglesia en los ochenta y lo mejoró en 2006.
Finalmente en la Historia de los Impuestos en estos treinta años de democracia formal y desmovilización social también son importantes dos episodios en otros dos impuestos de segunda línea, el Impuesto de Patrimonio y el Impuesto de Sucesiones y Donaciones. El primero fue eliminado en 2008 y recuperado temporalmente hasta 2013 por el PSOE en 2011 y el segundo fue prácticamente desactivado en muchas Comunidades Autónomas de mayoría del PP.
Además de la regulación (que debería estar y no está comprometida con los principios de obtener suficientes recursos para sostener los servicios públicos y de reparto equitativo del esfuerzo fiscal), que es lo que se ha estudiado en los anteriores artículos y se estudiará en el actual, es preciso clarificar que que hay dos fenómenos tan importantes como la corrección de la regulación para implantar un sistema fiscal más justo. Uno es la permisividad del fraude fiscal, que los Técnicos de Hacienda calculan en varias decenas de miles de millones. El otro son las amnistías que los dos grandes partidos han realizado.
Aunque el Impuesto de Sociedades (IS) es una figura vital en el sistema tributario español, se trata de un impuesto bastante complejo, mejor conocido por quienes buscan en él los recovecos para contribuir menos. Por eso, se ha quedado rezagado en estos estudios. Quienes opinan de él con conocimiento subrayan la importancia que juegan las deducciones, con lo que se consigue que los tipos legales queden muy rebajados en la efectividad. Otra de las primeras conclusiones que se obtienen en el análisis es como el texto de la ley que regula el impuesto se ha ido complicando hasta hacerlo farragoso en extremo.
En 1978, durante la etapa de construcción del modelo tributario español, con una fuerte movilización social detrás, el tipo de gravamen se estableció en 33% en general y con un 18% para Cajas de Ahorro, Cajas Rurales, Mutuas de Seguro y Cooperativa. Había otras excepciones menores.
La segunda ley, de 1995, marca el camino de retroceso para el futuro. El impuesto se empieza a complicar. El tipo general se eleva a 35% y se crea un tipo superior de 40% para sociedades dedicadas a la investigación y explotación de hidrocarburos. Se eleva al 20% o al 25% la tributación de cooperativas y de otras sociedades con interés social. Pero… Lo más resaltable es la reducción del tipo de gravamen al 1% o al 0% a muchas modalidades de sociedad de inversión financiera, fondos de inversión de capital variable o inmobiliario, planes de pensiones, sociedades de inversión colectiva. Esto les sonará porque es el inicio de la tributación privilegiada para las SICAVs y fondos, proceso que se consolida en 2003 con una renovación de la regulación de estas instituciones. Esto también lo pueden relacionar como una de las medidas que desbocaron el crédito, la especulación bursátil e inmobiliaria a partir de 1995.
Más o menos esa es la situación del tipo de gravamen que nos encontramos en 2004, cuando se aprueba el actual texto refundido de la ley de 1995 y no fue modificada sustancialmente con posterioridad, hasta el año 2006, cuando se baja el tipo general del 35% al 30%. Además lo hace con una técnica legislativa muy confusa, añadiendo disposiciones adicionales a la ley reguladora, en lugar de modificar el artículo correspondiente sobre el tipo de gravamen.
En el estudio de este otro impuesto vuelve a observarse como la mayor agresión al sostenimiento de las cargas es realizado por el partido que presume de defender la progresividad fiscal y los servicios públicos, en cada oportunidad que desean aparentar que PP y PSOE no son iguales y que ellos son más sociales. Deteriorando el sistema de financiación de las administraciones públicas es muy difícil después poder levantar sistemas LOGSE de Educación o sistemas de atención a la dependencia. No se puede contentar a los ricos perdonándoles impuestos y a los pobres dispensando buenos servicios públicos si no hay plata para sostenerlos. Hay que elegir. Los dos partidos han elegido claramente. Uno baja los impuestos y el otro recorta con más intensidad los servicios; los dos privatizan; los dos hacen reformas laborales de abaratamiento del despido, precarización de las relaciones laborales; los dos hacen guerras imperialistas; …
Los impuestos, son muy importantes en la gestión más civilizada del capitalismo o en ciertos planteamientos de transformación del capitalismo en socialismo. Lo ocurrido con esta institución en estos treinta años de gobiernos p”socialistas” y p”populares” nos ha distanciado mucho de planteamientos mínimamente aceptables. La redefinición de esos impuestos ha aumentado la desigualdad social, ha deteriorado lo público y ha contribuido al calentamiento de las finanzas, lo que con la desregulación bancaria y de los movimientos especulativos nos ha colocado en la trampa histórica que ahora vivimos.
Si sumamos a todo esto que el Estado asume las infinitas deudas del sector bancario superprivado (creadas por gestores enriquecidos por conducir irresponsablemente sus entidades) y ayudas a los propietarios de otras grandes empresas privadas, estamos ante la constatación de que el Estado ha sido en estos treinta años un claro instrumento de reproducción de una maquinaria que tritura carne humana.

Juan L. Pérez
junio 2, 2012
‘Finalmente en la Historia de los Impuestos en estos treinta años de democracia formal y desmovilización social…’ Yo quitaría lo de democracia formal (que habría empezado en el 78 y terminado en el 81) y dejaría sólo lo de desmovilización social.
A mi juicio, no habría diferencia en los objetivos de ambas formaciones. Podemos obtener múltiples definiciones de ‘estado capitalista’, tomando cualquiera de ellas podremos observar como todos los pasos dados desde el objeto transicional (Psicología. Objeto transicional: aquel en el que el infante deposita apego para suplantar a la madre. Vamos, el peluche elegido para conciliar el sueño) en este país conducen irremediablemente hacia la definición elegida.
Un saludo.
Samuel García Arencibia
junio 2, 2012
Quizá la formalidad limitada de la democracia sea consecuencia del afán reducido de sus ciudadanos. Tal vez prefiramos nuestro rol de consumidores al de ciudadanos preocupados por lo común.
Manuel
junio 2, 2012
Estupendo artículo. A pesar de que hace días que no escribo nada aquí, no es falta de interés lo que lo produce, sino otras causas. Enhorabuena
Samuel García Arencibia
junio 2, 2012
Siempre es un honor para mí y nunca una obligación para nadie. Gracias por los ánimos.
Jesús
junio 2, 2012
Resulta complicado entender cómo se puede llamar al despertar de la gente cuando el propio despertador genera la confusión que crea la somnolencia. Se pide a la gente un esfuerzo mental para que asuma hacer compatible el anticapitalismo con el capitalismo civilizado y que a través del impuesto (progresivo, por supuesto) se avance hacia el socialismo (¿El impuesto el arma de doblegar a los impuros?). De una ideología productivista adecentada, mediando moralización, pasaríamos a la otra cara del productivismo: el socialismo, es decir, todos acoplados a la buena gestión del capitalismo amansado. Así la gente, cansada de milongas, tiene razón de quedarse en casa. Regular los impuestos, como se solicita, es la repetición del compromiso por una determinada redistribución de la plus-valía (New Deal, Estado del bienestar), que duró el tiempo breve que una determinada relación de fuerzas en momentos precisos de la historia permitió. Compromiso ese conducente a una mayor sumisión al capitalismo, que en su última etapa mostró vehementemente una de las caras de las que luego incomprensiblemente nos quejamos: el consumismo.
Para la crítica moral del capitalismo han habido momentos en los que se ha encargado la Iglesia, para ello no se necesitan hoy tantos monaguillos que incesantemente repican a misa desde tan variados campanarios.
Samuel García Arencibia
junio 3, 2012
Me gustó la comparación con los monaguillos tocando las campanas. Siendo niño, fui monaguillo y toqué las campanas en más de una ocasión. Es uno de mis antecedentes penales.
En las últimas décadas hemos visto como las sociedades abandonaron el consenso que tú planteas del Estado del Bienestar, de capitalismo con derechos sociales para los trabajadores en occidente. Esa es la tesis descriptiva de la serie de artículos.
En el blog encontrarás artículos con mi opinión sobre el Estado del Bienestar clásico. Como tú, opino que se confundió bienestar con consumismo, que no evitó la acumulación de patrimonio y poder por determinadas personas físicas y jurídica, que depredaba el planeta, que era insolidario con los pueblos excluídos totalmente de ese “bienestar” y con las generaciones futuras.
Además, el Estado del Bienestar se mezcló en los noventa y dosmil con el hipercrédito exhuberante, creando una verdadera monstruosidad de modo de vida.
Sé que mi planteamiento te parece estrecho, pero por lo menos deseo que no lo incluyas dentro de la familia de defensa de cualquier Estado del Bienestar.
En cuanto al posicionamiento productivista, tampoco creo dar muchas piezas para que pienses que lo es. Pienso que algunas facetas tienen que desarrollarse, como la obtención de energía del sol, del aire, de las corrientes de agua, … o los cuidados entre las personas. Pero pienso que hay muchos sectores que deben desaparecer, como el de energías fósiles, el automovilístico, el armamentístico, o disminuir, como el turístico. En general, creo que nuestras sociedades occidentales deben producir y consumir menos, deben producir otras cosas, deben respetar los recursos de otros pueblos que por ahora hemos empobrecido.
Finalmente, el llamamiento al despertar es positivo. Me fío más de un pueblo despertado y despierto que de unas oligarquías que aprovechan su somnolencia. Si la sociedad despierta elige otro rumbo diferente a los que yo pueda pensar es su libertad. Es difícil que lo haga peor que las oligarquías TIMOneles. En esas plazas coincidirán quienes piensan como yo y quienes piensan de otra forma, pero gente que piensa y que disfruta de la vigilia.
Salud.
Jesús
junio 3, 2012
Los puntos que en ocasiones me hacen discrepar no tienen nada que ver con tus intenciones, que entiendo son positivas, sino con la propia exposición de tus reflexiones y el dar por transcendente algunos hechos. Nada de eso tiene que con una posible categorización de los planteamientos (estrechez, reformismo, etc.), práctica que rechazo de plano sobre todo si se trata de amigos de partida, por maniquea y obstruccionista del diálogo.
No tengo nada que objetar, por ejemplo, a tus criterios ecologistas, que yo comparto, siempre y cuando tengamos en cuenta la incompatibilidad existente entre capitalismo y ecología si salimos del marco del puro maquillaje.
Existe un pensamiento muy extendido en la izquierda consistente en atribuir a personas o instituciones físicas los males que nos ahogan, distrayendo la atención del causante principal: la estructura del capitalismo, sea cual sea la forma que éste adopte y la mortal con la que se desarrolle. Dicho pensamiento está generando, en los momentos actuales, un auge de partidos o movimientos de tipo nazi o fascista y una confusión en sectores populares europeos como consecuencia de la similitud en el análisis sobre los orígenes de la crisis, con la diferencia que ellos la hacen extensivas a judíos e inmigrantes. Si no fuese por este último “detalle” sería complicado establecer, para el común de los mortales, la diferencia propagandística entre ambos discursos.
Por otro lado, he leído lo que piensas sobre la colusión Estado de bienestar/consumismo. Estoy de acuerdo en ello. Solo que tal como das a conocer tu opinión parece o bien una iluminación ex nihilo, o la constatación de una coincidencia en el tiempo por azar de dos fenómenos sin genealogía. Que no considera el devenir del capital como sujeto autónomo y su interrelación con el papel del capital ficticio, el fin del fordismo, el agotamiento de los recursos naturales, la dificultad de la revalorización del valor, etc., toda una mutación socioeconómica. Es la explicación de estos comportamientos del capital donde se puede encontrar unos de los resortes del “despertar”, no en la fabricación de eslóganes o en programas hechos a la medida de las élites y que, de hecho, impide a la gente pensar de otro modo, unas veces porque “porque dificultan la unidad necesaria para el próximo compromiso electoral” y otras porque “contravienen la disciplina”. La no comprensión de dicha fenomenología conduce irremediablemente (visto lo que hay en el patio) a la consideración de la crisis como un complot urdido entre financieros depravados y políticos corruptos contra la pobre gente. La izquierda, en general, ha construido su propia burbuja teórica con el fin de sentirse cómoda y no poner en tela de juicio determinados postulados que arrastra desde el siglo XIX, que la lleva de fracaso en fracaso, suspirando tan solo por el consenso, el compromiso y, por qué no, la promiscuidad política. La cuestión de fondo no reside en oponer el Estado de Bienestar al Estado de Malestar, sino al Estado llanamente. El dinero en lo que es su función de hacer más dinero, no conoce de solidaridad, ética o moralidad, necesita del Estado en la misma medida que el Estado necesita el dinero.
El consenso, fruto de una determinada correlación de fuerzas, ha representado siempre la consagración de las desigualdades y la pacificación de las contradicciones en favor del poder establecido. Esa es otra de las razones de la mal llamada “somnolencia” o “desapego” a la política por parte de la gente. Nadie investirá esfuerzo y energía en la política al uso ya que ésta no se ha mostrado capaz de transformar su vida en todos los terrenos.
Samuel García Arencibia
junio 3, 2012
No siempre se puede explicar todo. Si así fuera, cada artículo sería una enciclopedia, con infinitas notas a pie de página. Para eso se usan los sobrentendidos. Si alguien pide un desarrollo de lo levantado sobre lo no expuesto, se procura sustanciar.
Creo entender en varios comentarios tuyos que consideras que en que algunas izquierdas (por ejemplo la mía) neutralizamos un espontáneo despertar de conciencias más consecuentes con el contexto. ¿De verdad crees que hacemos tanto daño, no con nuestras intenciones sino con nuestras formulaciones?. ¿Es eso?. Como te decía en el anterior comentario, yo hago una llamamiento a la emancipación y propongo un esquema, pero es una propuesta con vocación de diálogo, en el que todos nos alimentamos.
Otra cuestión me anima a duplicar. Si en lo que escribo da la sensación de que defiendo un mundo maniqueo de frío complot de ricos y políticos (malos) contra pobres (buenos), admitiría que debo subrayar aspectos que pueden permanecer en un segundo plano. En varias ocasiones me he centrado en el pensamiento capitalista que los trabajadores occidentales tenemos dentro: buscar la mayor rentabilidad a nuestros ahorros, priorizar cualquier actividad privada sobre cualquier actividad pública, pretender el menor precio sin preocuparnos de su composición, darle rienda a monstruo consumista que no conseguimos dominar, … Pero por mucha degradación que haya en nuestras mentalidades, teniendo en cuenta la enorme fuerza de la suma de millones de personas empujando a la sociedad en ese sentido, sigo pensando que los individuos más influyentes y con más resortes para la orientación social no son las clases trabajadoras occidentales u occidentalizadas. Desde luego, el juego social es muy complejo, pero esas minorías que reciben muchas acusaciones (ricos y políticos) por las izquierdas tienen verdaderamente los mecanismos (las inercias históricas, los medios de comunicación, la publicidad, la educación acrítica, los principales partidos políticos, los desvíos de otros partidos y sindicatos, …) para reproducir y ajustar a su favor el sistema. Romper esas hegemonías es una tarea titánica, aunque se pueda acometer desde pequeñas acciones de muchas personas.
Para terminar, quisiera concluir con algo que creo que ya he dicho. Plantear formas de transformación (que tu puedes considerar que son neutralizantes) por medio de la socialismización del Estado no supone descartar otras formas de transformación no al uso, por lo menos por mi parte, pues ya te he expresado que mi revisionismo de la socialdemocracia es acogedor con los espacios de autonomía. Entiendo que las formas de transformación al uso no te merezcan mucha confianza, pero por qué pensar que los fracasos anteriores descartan que los nuevos intentos (si los hubiese) correrían la misma suerte. ¿Las formas de transformación no al uso han demostrado su eficacia transformadora?.
Jesús
junio 4, 2012
Estoy de acuerdo en que los fracasos (¿qué se entiende precisamente por tal, tesis sin sentido o derrota por un enemigo más fuerte o ante el Tribunal de la historia?) anteriores no nos deben hacer cejar en el empeño. Por esa misma razón no capto el sentido de tu última pregunta, pues entiendo que se contradice con la afirmación anterior.
Trescientos años de intentos costó resolver (Wiles) el teorema de Fermat. Si en nuestro caso la hipótesis (problema no resuelto) central es la del bien común, es verdad que llevamos doscientos años de fracasos (etapas de nuestra emancipación, de una significación positiva) y de enseñanzas que seguro se están procesando en muchas cabezas para llegar a conclusiones constructivas nunca eternas. Fracasar no debe empujar a desistir, a renunciar. Determinadas propuestas de trabajo intentaron ponerse en pié, pero fuerzas más poderosas sesgaron su corta vida. Aquellos fracasos nunca dejaron las secuelas negativas (acabar con la especie humana) que nos lega la lógica dominante, auque sí las brasas de un mejor renacer.
Lo que no deja de sorprenderme de la historia de nuestros fracasos (derrotas) como pueblo es la rápida lectura que de ellos hacen nuestros adversarios: existe una máxima que nació con el armisticio en Francia de enero 1871 y luego retomada por De Gaulle y Pompidou en 1968 según la cual “contra la revolución nada mejor que una elecciones”.
¿Qué nos puede eso indicar? Que trabajamos sobre patrones o modelos equivocados. Digamos, por ejemplo, que tú y yo estamos por el decrecimiento, sin embargo ya tenemos decrecimiento, nos guste o no. Otra cosa bien diferente es que nosotros deseemos un decrecimiento orientado por nuestra voluntad y no caótico, sobre el cual, éste último, ponen todas sus fichas los tahúres de la finanza. Nos mata nuestra obsesión por la rígida centralidad de un patrón o modelo, su petrificación.