Comentario de texto: Debates confusos, Felipe González, sobre la reforma constitucional

Publicado en agosto 31, 2011

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El día de la toma en consideración de la reforma constitucional apareció casualmente en EL PAIS el artículo, Debates confusos, de un comentarista de excepción de la reforma constitucional, Felipe González Márquez, que a algunos sonará porque fue presidente de Gobierno desde 1982 hasta 1996, con muchas reformas laborales o tributarias en su currículo, inaugurador de la ola de privatizaciones de las empresas heredadas del franquismo, una Ley de Educación sin inversión suficiente, la incorporación de España a la OTAN, la adhesión a la Unión Europea. Puede ser que lo conozcan más bien por sus profesiones actuales de expresidente que da lecciones a la sociedad entera o de consejero de Gas Natural, donde cobra seguramente varias veces más que cualquiera de las personas que leen esto. Lean, si quieren:

“Todo se mezcla en una cacofonía incomprensible para los ciudadanos! Exigencias de los “mercados”, sin identificar quiénes son; exigencias de la Unión Europea, de Bruselas, de Alemania y Francia; respuestas de líderes europeos como galgos que corren detrás de una liebre mecánica que siempre se les escapa.

¿Qué pasa en Europa? ¿Qué nos pasa a nosotros? ¿Necesitamos estabilidad presupuestaria? ¿La necesita la Unión Europea? Todo en medio de esta crisis civilizatoria que está cambiando, a velocidad de vértigo, la economía y las relaciones de poder en el planeta. Y con ello nuestra forma de vida.

Pero, después de cuatro años de la implosión del sistema financiero de Estados Unidos y de la Unión Europea, con las consecuencias de recesión y paro, seguimos sin ver la emergencia que vivimos, o la vemos compulsivamente, como respuesta precipitada e incompleta ante cada “tirón” de la liebre mecánica que imaginaban que esta vez íbamos a atrapar, pero se nos escapa…, y ¡cada vez se agotan más los galgos!

La estabilidad presupuestaria es una condición necesaria para garantizar, a medio y largo plazo, un crecimiento económico sostenido. Los desequilibrios permanentes, con déficits estructurales y deudas acumuladas que se hacen impagables, arruinan las perspectivas de crecimiento y merman la confianza de todos los actores. La consecuencia es inexorable: no se pueden mantener las políticas de cohesión social que definen nuestro modelo. No es, o no debe ser, un problema ideológico, sino de sentido común y de responsabilidad de los gobernantes.

El disparate es el pretendido déficit cero. Una muestra de radicalismo ideológico, que no permite margen de maniobra ante los ciclos económicos. Una receta de teóricos fundamentalistas que, a veces, ocupan responsabilidades políticas para desgracia de todos, impidiendo una actuación política para contrarrestar las consecuencias de una contracción económica.

En América Latina, Chile lleva más de dos décadas trabajando con la premisa de limitar los déficits estructurales. Nadie duda, más allá de las revueltas de hoy, que ha sido el país más exitoso de la región y que sigue siendo el que más confianza interna y externa produce para quienes tienen que decidir inversiones productivas, generadoras de empleo. Está claro que, como a todos, les quedan muchas cosas por hacer, entre las que la redistribución del excedente para conseguir mayor cohesión social es una de las importantes.

Esta es una crisis de cambio civilizatorio, de gran calado histórico. Estamos viviendo la transición entre el dominio de un Occidente hegemónico durante siglos hacia un Oriente en desarrollo rápido; de los países centrales pero endeudados hasta las cejas y los emergentes que producen y ahorran lo que los primeros deben; de las economías industriales dominantes de los mercados mundiales que imponían precios de materias primas y de manufacturas hacia economías en desarrollo que reciben las inversiones que se deslocalizan de los anteriores; de una economía basada en la industria hasta otra basada en el conocimiento que está alterando las fronteras del desarrollo y crea nuevos espacios, y distintos, para competir con éxito en la economía global.

En este proceso, las respuestas de nuestros países para garantizar nuestra recuperación y nuestra inserción en el nuevo escenario global tienen que respetar, como condición necesaria, una macroeconomía sana, capaz de controlar los déficits excesivos y la acumulación de la deuda. Capaz de aprovechar los ciclos de bonanza para utilizar el margen de maniobra acumulado en los momentos de crisis. Ese es el objetivo de la estabilidad presupuestaria. Lógicamente no es lo único que hay que hacer, pero es imprescindible que se haga.

Por eso es bueno que haya un acuerdo que obligue a todos sobre la estabilidad presupuestaria en el medio y el largo plazo. Y el mecanismo más contundente para obligar a tirios y troyanos es que figure en la Constitución. Pero obligarnos a nosotros mismos con una reforma de la Carta Magna no deja de ser el reconocimiento de un cierto fracaso. Existen otros instrumentos legales para hacerlo, pero dudamos de nuestra voluntad colectiva para respetarlos y aplicarlos.

El ruido de fondo -primas de riesgo, acoso de especuladores, elecciones a la vista, descontento social ante la crisis- no debe ocultarnos que la propuesta es buena. El acuerdo es positivo para España, por eso sería deseable que se sumaran otras fuerzas políticas para que el consenso fuera significativo en la España plural, pero a la vez diversa que somos.

Y ahora, si no tenemos en cuenta esos ruidos que confunden el debate, es posible, porque la propuesta nada tiene que ver con el sectario “déficit cero”. La intervención de Rubalcaba lo ha hecho posible en los términos en que está redactado. Cualquier ciudadano preocupado por la salida de esta larga y dura crisis debería apreciarlo, como yo lo hago.

Queda claro, por tanto, que sin reforma constitucional también se podría haber hecho, pero que esta reforma -al estilo de las Enmiendas de la Constitución Americana- con un propósito concreto vale para asegurarnos la voluntad que nos falta. No está prevista la fórmula del referéndum para este tipo de reformas. Es doblemente lógico: no afecta a ningún elemento sustancial de la Carta Magna, ni es razonable que se traslade a los ciudadanos la decisión de si podemos tener deudas excesivas como consecuencias de déficits estructurales incontrolados e incontrolables.

Para los ciudadanos que se inquietan por los “límites” a las políticas sociales, hay que explicarles, claramente, que el mayor límite está en el endeudamiento excesivo, que nos obliga a destinar al servicio de la deuda el dinero que necesitamos para educación y salud para todos.

Pero no lo relacionemos con los problemas de coyuntura, por graves que sean, porque va más allá de estos. Y felicitémonos porque el PP ha hecho un gesto importante, el primero y único, para ayudar en esta grave crisis que atravesamos. Es lógico que traten de apuntárselo, pero la propuesta se parece poco a la producción ideológica de la FAES que los domina, con sus propuestas de déficit cero, como alumnos aventajados del Tea Party.

No solo hay que aplicarlo en España, sino hacerlo extensible a la Unión Europea en general y a la zona euro en particular. Pero esta condición necesaria no será suficiente para garantizar la gobernanza económica que está fallando -en Europa y en Estados Unidos-. Tenemos que superar ese papel de apagafuegos agónico en que se está convirtiendo la Unión Europea.

Conceptualmente nadie discute ya que en un mercado interior sin fronteras y con una sola moneda hay que coordinar las políticas económicas y fiscales de los países miembros. No se puede perder más tiempo, ni retrasar inútilmente instrumentos necesarios como el “bono europeo” antes de que se desangre país a país la zona euro y arrastre hacia su caída toda la construcción europea.

En España tenemos que acabar con el inconsistente argumento de que nos obligan los mercados, o de que obedecemos a Bruselas o a la presión de Francia y Alemania. Es verdad que estos deberían cuidar las formas y los contenidos y, de paso, cumplir ellos mismos el Pacto de Estabilidad. Pero es más verdad que en la Unión nadie obliga a nadie, pero todos, reunidos en Consejo, pueden y deben obligarse a cumplir los compromisos de gobernanza europea, con penalizaciones para quienes no lo hagan, sin excepciones”.

Nos explica que la estabilidad financiera estructural es condición necesaria para el crecimiento. Me gustaría saber a quién se lo explica, ya que los gobiernos que él presidió no se caracterizaron por la disciplina presupuestaria, como pueden ver en el siguiente gráfico:

Nos querrá decir que, siguiendo su criterio de juicio económico, fue un mal gobernante y puso en peligro el Estado del Bienestar. Con todo, nos avisa de que, siendo buena la estabilidad financiera estructural, el dogma del déficit cero es negativo y fundamentalista.

En el artículo felicita al Partido Popular por el ejercicio de responsabilidad, el primero y único dice, para llegar a un acuerdo y atribuye a Rubalcaba la virtud de haber constitucionalizado la estabilidad financiera sin haber pasado por el “sectarismo del déficit cero” que hubiese exigido el Partido Popular.  Es decir, que el candidato, que tan bien le sirvió de ministro, nos ha salvado de haber llevado a la Constitución la aberración del déficit cero que pretendían los sectores más extremos del Partido Popular (FAES): el argumento del somos diferentes y nosotros no somos tan peores. La jugada del escritor es perfecta: 1. queda bien con el partido colaborador, 2. insinúa que su partido “socialista” nos ha salvado del error del “déficit cero”, 3. nos vende un nuevo líder “socialista” con la capacidad de salvarnos de los extremismos.

El autor nos expone que la estabilidad financiera es buena y que el déficit cero es malo. Sorprende que haga esa afirmación en un momento de dificultad económica, con recesión a la vista, con cinco millones de parados, con varios millones más de precarios, …y que el bipartidismo esté más preocupado por el déficit. Incurre en el error que nos identifica. Estamos en uno de esos momentos en los que el ciclo económico exige déficit público y endeudamiento público para atacar esos problemas, mientras los dos partidos que se turnan en el gobierno nos advierten algo que sabemos tan bien como ellos o mejor, que no debemos gastar más de lo que tenemos o endeudarnos por despilfarro, por eso no hacemos obras faraónicas, como los trenes que estos partidos quieren hacer en las Islas Canarias o lo AVEs o los aeropuertos sin aviones o los privilegios a políticos y asesores o …

El autor hubiese hecho mejor servicio en advertir durante los años de la burbuja inmobiliaria del callejón sin salida y a oscuras hacia el que nos llevaba la irracionalidad del endeudamiento y la especulación. Pero sólo ejerce de mensajero de las tinieblas que le encomiendan. No recuerdo ningún anuncio suyo del peligro que suponía un excesivo endeudamiento privado o del desvarío de hacer rebajas fiscales en época de vacas gordas, que agravan el déficit en época de vacas flacas, pues bajar impuestos a los ricos es de izquierdas. ¡Brillante adivinador!.

El autor en mi opinión también se equivoca en el olvido de la herramienta tributaria del Estado. Con su inteligencia superior de expresidente, no es capaz de ver que es mucho más difícil la estabilidad financiera si el estado tiene un déficit crónico de financiación por la permisividad con el fraude y las reformas regresivas en los impuestos. José Antonio Alonso, otro neoliberal con disfraz de socialista, le dijo con insoportable cinismo a Llamazares que el consenso (con Izquierda Unida), en la reforma constitucional, era posible. Yo estaría dispuesto a llegar a un consenso. El día en el que la presión fiscal española supere a la del país escandinavo con mejor estado del bienestar y la tributación sea verdaderamente progresiva, yo votaré a a favor de la estabilidad financiera en un referéndum, si se convoca. Si viese a los ricos españoles compartiendo sus riquezas con el pueblo para resolver los problemas de desempleo, pobreza, vivienda, malos servicios públicos, probablemente aceptase el uso más limitado de los déficits. Pese a ello, los mensajes del Gobierno van siempre en sentido contrario, como se demostró en esta trilogía.

Lejos de esta intención de recuperar la progresividad y recaudar más, el otro expresidente, el que aconseja a Endesa, propone una rebaja de impuestos (a ricos) para estimular la actividad económica: recortan impuestos, disminuyen los ingresos, el equilibrio presupuestario impone una aminoración proporcional de gastos, recortan impuestos, … Un círculo: vicioso para las clases populares y trabajadoras; virtuoso, para las clases burguesas.

También se hubiese agradecido formulaciones para el control de la especulación financiera sobre objetos sagrados para una sociedad, como la deuda pública, los alimentos, la vivienda. Volver a usar la herramienta normativa de intervención en los mercados cuando se produzcan comportamientos perjudiciales para la sociedad. Ponerles alguna tasa incluso. ¿Por qué no?. Volver a concurrir en el mercado con empresas públicas en los sectores estratégicos, como la banca, cambiar la trampa de la empresa privada por una empresa pública eficiente.

Creo que el autor no se entusiasmaría con estas propuestas. La estabilidad financiera sin déficit cero le parece tan positiva como las rebajas fiscales, las desregulaciones, las privatizaciones. Luego se extrañará de que la parte de la sociedad que ha comprobado que esas políticas no funcionan pensemos que su reforma constitucional es la introducción de unos de esos principios perversos en la Constitución.

Para acabar este comentario, no quiero obviar su valoración del momento y de las formas. Dice que no se hace porque lo dicten los mercados, las instituciones UE-BCE-FMI. No sé. ¿Pero por qué tanta prisa?. ¿Por qué el año del Pacto del Euro?. ¿Por qué tras la compra de bonos españoles por el BCE?. ¿Por qué dice el presidente que ya provoca tranquilidad; cuánto durará la tranquilidad (¿unas semanas hasta que debamos hacer otro sacrificio para disipar turbulencias (Jauregui)?)?. Tampoco nos explica por qué en agosto, ¡por qué se aprueba una reforma constitucional con el trámite de lectura única!, por qué no se convoca referéndum, cómo es posible que se haga una reforma laboral eclipsada por esta reforma constitucional.

Sí, señor González, debates confusos: su socialismo está confuso. Los sordos debemos seguir informándonos para descubrir el expolio en el tiempo que vivimos. El 6 de septiembre tenemos una oportunidad de manifestarnos.

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Posted in: Política